Expediente

Vida, cultura y trapecio

POR JOSÉ MARÍA ESPINASA / Nexos / 01 03 2008

La ciudad de México se está desmoronando. No hay ley, sólo violencia. La gente se ha lanzado a las calles para asaltar locales, boutiques, carnicerías, tiendas de electrodomésticos. La policía y el ejército sólo atinan a proteger las plantas de luz y agua. La comida se está acabando: nadie quiere dedicar su tiempo a cosechar, a transportar, a surtir. Es la ley de lo inmediato. De lo básico. El bestial hedonismo como dictador. Mientras en lo que queda de las emisiones televisivas y radiofónicas aseguran que todo está en orden y que la Bolsa subirá en los días siguientes, el Centro Histórico de la ciudad ha sido tomado por bandas armadas de niños de la calle que responden al nombre perruno de los Dingos. No tienen reglas, sólo buscan el exceso de todo tipo. La policía no les puede hacer frente. Los Dingos conocen mejor el territorio de la desolación. Se han vuelto animales feroces.

La descripción de este estado de crisis, que puede provenir del futuro o de la expansión de algunas zonas urbanas que ya existen el día de hoy, aparece en la novela de J. M. Servín “Al final del vacío” (Mondadori, 2007), que se encuentra en librerías. Una propuesta apocalíptica de México donde la armonía es violada por atisbos demasiado reales. La prosa de Servín recoge el punzante ritmo del periodismo que el autor ha sabido confeccionar con sus ingredientes primordiales: la observación sin remilgos, sin lenitivos, por más descarnada que sea, y la estructura ágil que sin embargo no prescinde de la destreza cargada de ralea artística. El resultado es un (sentimentalmente) agónico retrato del que no se puede escapar: en la ficticia estampa hay una desolación conocida, referente de los espacios más miserables, más violentos con los que nos cruzamos en la cotidianidad. El autor sólo magnifica un poco esas intersecciones para atizar nuestros temores.

La estructura utilizada en la novela recuerda mucho a la emisión radiofónica que Orson Welles hiciera con la historia de {La guerra de los mundos} de H.G. Wells. La radio amenazando, no cargada de noticias ahítas de esperanzas pueriles para la nación que se desmorona. Aquel 30 de octubre de 1938, la CBS de Nueva York había pensado ese episodio como un especial de Halloween. El resultado es conocido por todos: histeria colectiva, la confusión de la ficción y la realidad. La gente cuando ya no entiende las ironías artísticas, se estremece. La ciudad es intimidada. Setenta años después, en “Al final del vacío” la amenaza no la constituyen los extraterrestres de Welles-Wells.

Es algo más íntimo, más intrínseco, aunque con toda probabilidad menos fastuoso. El enemigo pertrechándose con discreción. La amenaza es la ausencia de cultura. La imposibilidad de conocer al otro, de entenderlo a través del humanismo que otorga la cultura. La cual, como paliativo, es cada vez menos recurrida. Así, mientras muchos esperan con esperanza un ataque alienígena que diluya el hastío, no se dan cuenta de que ese aburrimiento es provocado por una coacción mayor: la reducida afición por el arte. Nos hemos vuelto seres básicos que sólo reaccionamos ante lo inmediato: sexo, violencia, morbo. Y si esto no se nos proporciona, con mucha seguridad lo buscaremos. La ciudad destrozada por seres a los que ya no les importa el prójimo (porque su falta de sensibilidad los ha vuelto tan ajenos como extraterrestres), saciando su ansia de violencia y enojo.

La diferencia entre Wells y Servín es que el segundo enclava su historia en parámetros escalofriantemente reales. Servín deja de ser periodista. Se convierte en el verdadero autor de ciencia ficción.

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