Expediente

Tomás Boy, el incomprendido

POR CARLOS BARRÓN / Letras Explícitas / 07 03 2016

Es casi media noche y Tomás Boy no frena la plática, víctima de su impulso por coleccionar conversaciones de futbol. Sólo que esta vez la ha aderezado contando la relación extraña que llevó con su padre y lo ingrato que ha sido la historia con él.

–Fui un gran jugador de futbol, de lo mejor que ha visto este país –dispara mientras el ruido de los autos se hace extenso y camina a paso de tortuga a una tienda de Perisur para comprar unas revistas, a la altura de un puente peatonal. Inconcebiblemente se detiene en ese punto alto cuando tardó más de seis horas en aceptar la entrevista. Se pasma mirando las luces rojas de los coches que avanzan por el periférico de la Ciudad de México, que da la impresión de ser un gusano que se retuerce en curvas y letreros hipnóticos. Entonces, con las manos dentro de las bolsas de la chaqueta confiesa –del futbol no tengo amigos: José Güero Aceves, Claudio Lostanau y Gerónimo Barbadillo, quizá.

El Güero Aceves se sumó a la expedición de Boy cuando se hizo entrenador y funge desde hace muchos años como su auxiliar, al cual siempre manda a las conferencias de prensa después de un partido caliente.

–Eso lo aprendí precisamente de Claudio Lostanau, que fue uno de mis mejores ejemplos futbolísticos y quien prácticamente me dijo que me hiciera entrenador. A veces, es mejor callar, en eso me entiende muy bien el Güero.

–¿Sólo tiene un amigo mexicano?

–Sí, porque no me quieren. Les molesta mi forma de ser. Simplemente me doy el lugar que merezco, ¿estoy mal en decirlo? No fui popular, jugué en Tigres y no en Chivas, por eso la gente piensa que soy egocéntrico. Creo que mi forma de comportarme es culpa de la relación que llevé con mi padre con quien estuve distanciado muchos años.

–¿Nunca hicieron las paces?

–Nunca nos llevamos bien. Incluso cuando era joven, mi madre me dijo que me fuera de la casa, que nunca conseguiría lo que deseaba estando ahí. Mi padre se llamaba Tomás, yo fui el primogénito y atrás de mí vinieron siete hermanos. Él era contador público y no quiso que fuera futbolista; fue una guerra generacional, además de que eran los tiempos de la rebelión, de escuchar a los Rollings Stones, a The Creedence. Mi papá era violento, furibundo: me pegaba con los puños; eran golpizas.

A falta de garantías, Boy, quien era oriundo de Mixcoac y debutó en el Atlético Español, pasó por el Potosino hasta llegar a los Tigres en 1975 en donde se haría una figura indiscutible. Su padre no lo quiso ir a ver cuando debutó.

–Me fui por rebelde, por no seguir sus reglas. Compró una casa en el Estado de México, en Naucalpan, y trabajaba mucho, pero me fastidiaba con sus órdenes, siempre creyó que me manejé mal. Me gustaba traer el pelo largo, estaba en el destape, iba a las manifestaciones estudiantiles… una época de despertar. Mi papá, que me perdone Dios, no se sabía controlar y lo heredé; eso me trajo muchos problemas, salí como él: furibundo, intolerante, recio y rígido, son los mismos defectos. Escogí un camino muy duro para mi vida y mi carrera. Por eso soy así. Mi papá fue feliz sólo cuando me vio de capitán en el Mundial. A él le gustaban los Pumas y las Chivas. Le encantaba la mentalidad de Hugo Sánchez. Me criticaba mucho porque decía que disfrutaba más pasar el balón que meterla al arco. Pero así es este país, los hechos dictan que los ídolos son los delanteros: Horacio Casarín, Enrique Borja… Hugo Sánchez no fue querido pero era popular; no significa que no haya tenido talento, sin embargo hay cosas que tienen que ver con la creatividad o la sabiduría en el juego, el enfoque al trabajo colectivo también suma; cosas que yo sí tenía.

–Usted tiene fama de arrogante.

–Era famoso, pero no popular. Mi motivo para ser jugador de futbol fue Héctor Chale Hernández al que nadie valora. Y otro, ser como Pelé, jugué en esa posición de mediocampista central. No soy egocéntrico, les molesta que hable con la verdad de mí. Sé que la gente no me quiere, pero muchos ni me vieron jugar. Mi primer gol fue de cabeza. Entre Héctor Sanabria y Miguel Mejía Barón contra Pumas: casi me arrancan la cabeza, fue un suicidio. Me quité a seis jugadores del América en el que está catalogado como el gol del siglo en Monterrey. ¿Arrogante? ¿De qué me hablan?

–No es lo que se dice un ídolo.

–No soy Cuauhtémoc Blanco, pero soy más mexicano que el pulque. Cuando quería debutar, el entrenador del Atlético Español me decía que si no me cortaba el cabello no me pondría, que me creía mucho. Le molestaba que me gustaran las mujeres, que me creyera galán, que me llevaran en carro al entrenamiento; no me quería debutar que porque no tenía hambre. Era un imbécil, siempre tuve hambre de ser el mejor del mundo.

Es una realidad que el Mundial de México 1986 apuró mucho los segundos, como si fueran los últimos en las relaciones de un vestidor, sobre todo en el del Tri, donde los centros de gravedad se tornaban en Hugo Sánchez y su gama de pichichis en España. Sin embargo, el capitán del equipo era Tomás Boy y ahí surgió una serie de mitos sobre su espesa relación.

–¿Hugo Sánchez era su amigo?

–No, pero tampoco era mi enemigo.

–¿Por qué estaba molesto con usted?

–Porque es difícil aceptar que hay otro mejor que tú.

–Dicen que usted en el vestidor le dejó claro: “en España serás lo que quieras, pero aquí yo soy el capitán”.

–No es cierto. Lo que pasa es que a mí no me parecía tan estrella como lo era para la mayoría de los mexicanos.

–¿Podía confiar en él?

–Era un delantero fantástico.

–¿Podía confiar en él como compañero, no como delantero fantástico?

–¿Confiar? No tanto porque no teníamos una gran relación y su cabeza estaba en otro lado. Él sabía que estaba mal. Llegó lesionado al Mundial, pero eso no le quita lo manipulador. Bora Milutinovic, el entrenador, le tenía pavor.

–¿Usted nunca le tuvo miedo?

–Jamás, ¿por qué? Mira, Hugo Sánchez era tan tonto en su forma de actuar que quería ganarse a los compañeros con los que yo llevaba un año trabajando. Él llegó de España en la parte final y pidió que no estuviera en la recepción que le hicieron en el Centro de Capacitación, él lo quiso así, no yo. Bora se me acercó y me dijo que me fuera a espiar a Irak con Mario Velarde a Toluca, para no estar en la concentración cuando llegara. Ahí estábamos subidos en una barda para ver cómo jugaban nuestros rivales. Por más que no lo quisiera Hugo, yo, Tomás Boy, era el capitán.

–¿Hugo no se opuso a que saliera con el gafete?

–Me escogieron los jugadores y Bora Milutinovic. La gente no sabe dónde se desparramó su enojo; te lo diré. Cuando vamos saliendo del túnel del estadio Azteca para nuestro primer partido contra Bélgica, voy hasta adelante como capitán y él se sale de la fila para preguntarle a Bora que por qué no había dicho quién tiraba los penales en caso de que hubiera uno. Bora lo miró casi sin importancia y le dijo: “está claro, los tira Tomás”. Hugo se encendió, le preguntó casi enfrente de mí que por qué yo, si él estaba en el Real Madrid, y por primera vez Bora le frenó contestándole que con todo y eso él fallaba tres por temporada y yo uno en mi carrera. Fue un asunto de egos que le afectó.

–Hugo tiró un penal contra Paraguay y lo falló.

–Porque justo acababa de salir yo por una lesión en la pantorrilla, pero ésa fue una circunstancia, un accidente si lo deseas, el que Hugo estuviera enojado o inconforme conmigo porque no soportaba saber que había alguien mejor que él.

Dice que le encantó haber sido rebelde contra toda autoridad. Era tanta su confianza que estando en las reservas del Atlético Español se paraba a un lado del campo de los titulares y les gritaba que eran unos idiotas, que no servían para nada. Obviamente muchos le miraban con rencor.

–Yo era un chingón, una estrella. Tampoco fui como me ponen ahora, un secuestrador de vestidores y esas cosas. Es más, odio que me digan “jefe”. Me lo puso un comentarista, Gerardo Peña, que decía que se trabajaba y se jugaba como yo lo ordenaba, ¡mentira! Si lo hacía era futbolísticamente, no fue un asunto de autoridad.
A mí siempre me marcaban de forma personal, ¿sería por algo, no? Sé más de futbol que varios que están en la televisión, pero me vale lo que piensen de mí. Te doy una frase de mi papá: “si los envidiosos pudieran volar, nunca verías el sol”. Hice campeón dos veces a Tigres junto a una gran generación, pero nunca nos dieron el crédito que merecíamos, por eso nunca jugué en Europa.

La filosofía de futbol que tiene Tomás Boy raya en lo que era él como jugador en la década de los setenta, pero se le ha regresado como el efecto de un bumerán. Le gusta que los ataques sean rápidos, verticales y llenos de técnica. El problema es que para conseguir eso en cualquier equipo se necesita un tiempo prudente de trabajo de no menos de un año y la paciencia es poca entre los directivos actuales.

Boy fue una figura de los Tigres, aunque tomar ese tema lo pone incómodo y crispado.

–Nunca dirigiré ahí, por mucho que mi corazón se haya quedado en ese sitio, las personas que manejan Tigres no me lo van a permitir –cuenta mientras sigue caminando por el sur de la ciudad a punto de entrar a una tienda departamental. Ahí, un par de chicos tímidos le miran lacónicamente, para no ser irrespetuosos y porque hay en su forma de comportarse algo de intimidatorio. Después de pensarlo un rato, se acercan y él los recibe con una sonrisa. Le piden una fotografía de recuerdo para que sea el testimonio de esa aficionada con un familiar: “Mi hermano me ha dicho que usted es el entrenador que necesita el Cruz Azul, esperemos que un día llegue. Le voy a decir que me lo encontré”.

Cuando se marchan, Boy queda con una paz interior. Sabe que en todos sus años como entrenador quizá no llegue el campeonato, pero le reconforta que al menos ha conseguido el cariño de algún sector de la población.

–¿Le obsesiona un título casi como el que le reconozcan como futbolista?

–De todas formas no me reconocerán nada. Pueden decir que soy un buen entrenador, pero nunca dirán que soy un gran entrenador. Una vez en un chat dije que me gustaría competir con José Mourinho y con Pep Guardiola, pero no que soy mejor que ellos, quiero quitarles lo salsa. Es como decir que pienso que mi estilo era como el de Zinedine Zidane, la forma elegante y pulcra, sin embargo yo era más rápido que él.

–¿No cree que digan que sólo vive de lo que fue como futbolista?

–No, soy entrenador y sé lo que hago. Nadie puede negar que fui un grande del futbol mexicano. No hay un jugador como yo en la actualidad. Me dan ganas de regresar al Parque España, ahí empecé a jugar.

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