Caso cerrado

San Francisco ya no existe

POR JACK LONDON / Traducción Diego Salazar / Letras Libres

El terremoto derribó en San Francisco centenares de miles de dólares en muros y chimeneas. Pero la conflagración que siguió quemó inmuebles por el valor de cientos de millones de dólares. No hay estimaciones certeras respecto a estos centenares de millones. Nunca una moderna ciudad imperial había sido destruida tan completamente. San Francisco ya no existe. No queda nada de ella más allá de recuerdos y las siluetas de algunas casas en las afueras. La zona industrial ha sido barrida. Las fábricas y talleres, los grandes comercios y edificios de prensa, los hoteles y palacios de los pudientes, todo ha desaparecido. Quedan sólo las siluetas de algunas casas en las afueras.

Menos de una hora después de que el terremoto remeciera todo, el humo que desprendía San Francisco en llamas formaba una espeluznante torre visible a cientos de millas. Y durante los siguientes tres días y sus noches esa espeluznante torre se balanceó en el cielo, enrojeciendo el sol, oscureciendo el día e inundando el terreno de humo.

El terremoto llegó el miércoles a la mañana, a las cinco y cuarto. Un minuto después las llamas se elevaban en una docena de barrios distintos al sur de Market Street, en la zona proletaria, y en las fábricas, donde el fuego había empezado. No hubo nada que detuviera las llamas. No hubo organización ni comunicación. Todas las astutas instalaciones de una ciudad del siglo XX han sido destruidas por el terremoto. Las calles se han levantado formando montículos y depresiones, y están cubiertas de escombros de muros derribados. Los rieles de acero se han doblado formando ángulos perpendiculares y horizontales. Los sistemas de teléfono y telegrafía se han visto interrumpidos. Y la red de suministro de agua ha reventado. Todos los inteligentes inventos y salvavidas de los hombres han sido puestos fuera de servicio por treinta segundos de remezón de la corteza terrestre.

El fuego ha realizado su propia selección

Para el miércoles a la tarde, en sólo doce horas, la mitad del corazón de la ciudad había desaparecido. A esa hora vi el enorme incendio desde la bahía. Había una calma mortecina. Ni un soplo de viento removía el ambiente. Sin embargo, desde todas partes el viento caía sobre la ciudad. Este, oeste, norte y sur, fuertes vientos soplaban sobre la ciudad condenada. Al ascender, la masa de aire caliente conseguía un enorme efecto chupón. Así, el fuego mismo construía su propia y colosal chimenea a través de la atmósfera. Día y noche esta calma mortecina continuaba, y aún cerca de las llamas, el viento era casi un vendaval, tan poderosa era su fuerza de absorción.

La noche del miércoles vio la destrucción del corazón mismo de la ciudad. Se usó dinamita en abundancia y muchas de las construcciones que habían enorgullecido a la ciudad fueron derribadas por sus mismos hombres, no habían podido resistir la avalancha de las llamas. El tiempo y nuevamente la exitosa resistencia de los bomberos, y cada vez que las llamas atacaban por los lados o aparecían por detrás, parecía más difícil obtener una victoria.

Una enumeración de los edificios destruidos parecería una guía de San Francisco. Una enumeración de los edificios no destruidos sería una línea y varias direcciones. Una enumeración de las hazañas heroicas llenaría una biblioteca y agotaría los recursos de la Medalla Carnegie. Una enumeración de los muertos nunca será hecha. Los vestigios de su vida fueron destruidos por las llamas. El número de las víctimas del terremoto no será conocido nunca. El sur de Market Street, donde el número de vidas perdidas fue muy elevado, fue la primera zona en incendiarse.

Por increíble que parezca, la noche del miércoles, mientras la ciudad entera colapsaba y rugía hasta la ruina, fue una noche tranquila. No hubo multitudes. No hubo gritos ni clamores. No hubo histeria ni desorden. Pasé la noche en el camino de las llamas, y en todas esas horas terribles no vi una sola mujer llorando, ni un solo hombre nervioso, ni una sola persona cerca de caer presa del pánico.

A lo largo de la noche, decenas de miles de personas que habían perdido sus casas huían de las llamas. Algunos iban envueltos en mantas. Otros llevaban fardos de ropa de cama y sus queridos tesoros caseros. Algunas veces una familia entera arrastraba una carreta de reparto que estaba repleta con sus posesiones. Cochecitos de niño, carretas de juguete y carros eran usados como camiones de carga, mientras que otra persona arrastraba un baúl. Sin embargo todos se veían elegantes. La cortesía en grado sumo. Nunca en toda la historia de San Francisco, su gente había sido tan amable y cortés como en esa noche de terror.

Una caravana de baúles

Toda la noche estas decenas de miles de personas huyeron de las llamas. Muchos de ellos, la gente pobre de la zona obrera, huyó durante el día también. Dejaron sus casas colmadas con sus pertenencias. Ahora se han vuelto a encender, arrojando a la calle la ropa y posesiones que han arrastrado durante millas.

Se han aferrado lo más posible a sus baúles, y sobre esos baúles a muchos hombres fuertes se les ha roto el corazón esta noche. Las colinas de San Francisco son empinadas, y es sobre esas colinas, milla tras milla, que los baúles son arrastrados. Por todas partes hay baúles con sus exhaustos dueños, hombres y mujeres. Delante de las llamas había piquetes de soldados, y a razón de una manzana cada vez, estos piquetes se iban retirando conforme las llamas avanzaban. Una de sus tareas era mantener a los que arrastraban sus baúles en movimiento. Las criaturas agotadas, agitadas por la amenaza de las bayonetas, se levantaban y luchaban con las colinas pavimentadas, deteniéndose extenuadas cada cinco o diez pasos.

A menudo, tras remontar una colina desgarradora, se encontraban con otro muro de llamas avanzando hacia ellos en ángulo recto, por lo que se veían obligados a cambiar la dirección de la retirada una vez más. Al final, completamente agotados, trabajando duro durante una docena de horas como gigantes, miles de ellos se vieron obligados a abandonar sus baúles. Aquí los dependientes y débiles miembros de la clase media se encontraban en desventaja. Pero los obreros cavaron hoyos en terrenos vacíos y enterraron sus baúles.

La ciudad condenada

A las nueve de la noche del miércoles caminé hasta el mismo centro de la ciudad. Caminé a lo largo de millas y millas de edificios magníficos y altísimos rascacielos. Aquí no había fuego. Todo se encontraba en perfecto orden. La policía patrullaba las calles. Cada edificio tenía su vigilante en la puerta. Y aún así estaba condenada, toda la ciudad. No había agua. Se estaba agotando la dinamita. Y dos incendios enormes se acercaban en ángulo recto.

A la una de la madrugada caminé hasta el mismo lugar, todo seguía aún intacto. No había fuego. Y aún así había algo distinto. Estaba cayendo una lluvia de ceniza. Los vigilantes de los edificios se habían ido. La policía se había retirado. No había ningún bombero, ningún coche de bomberos, ningún hombre luchando con dinamita. El distrito había sido abandonado por completo. Me detuve en la esquina de Kearney con Market, en el mismísimo corazón de San Francisco. Kearney Street estaba desierta. A una docena de manzanas la calle estaba ardiendo por los dos lados. La calle era una pared de llamas. Y delante de esta pared de llamas, ligeramente distinguibles, había dos miembros de la caballería de los Estados Unidos sentados en sus caballos, observando con tranquilidad. Eso era todo. No se veía ni una sola persona más. En el intacto corazón de la ciudad, dos soldados de caballería estaban sentados sobre sus caballos, mirando.

La conflagración se propaga

La rendición era completa. No había agua. Las alcantarillas se habían quedado secas hacía mucho. No había más dinamita. Se había iniciado otro fuego en la zona alta de la ciudad, y ahora, desde tres frentes distintos la conflagración barría todo a su paso. El cuarto frente se había quemado mucho antes ese mismo día. A ese lado se sostenían tambaleantes los muros del edificio Examiner, el calcinado edificio Call, ardían lentamente las ruinas del Grand Hotel, y se veía destripado, devastado, dinamitado, el Palace Hotel.

Lo siguiente ilustrará el barrido de las llamas y la incapacidad del hombre para calcular su alcance. A las ocho de la noche del miércoles recorrí Union Square. Estaba repleta de refugiados. Miles de ellos se habían tumbado sobre el césped. Se habían levantado tiendas de campaña del gobierno, se había cocinado algo de cenar y los refugiados hacían cola por una comida gratuita.

A la una y media de la madrugada tres lados de Union Square ardían en llamas. El cuarto, donde se levanta el gran Saint Francis Hotel, todavía resistía. Una hora más tarde, el fuego se había iniciado desde el techo y los lados del hotel, que ahora ardía en el cielo. Union Square, con montañas de baúles, estaba desierta. Soldados, refugiados, todos habían huido.

Jack London fotografiando el esqueleto del Snark. Bahía de San Francisco, 1906.

¡Una fortuna por un caballo!

Fue en Union Square donde vi a un hombre ofreciendo mil dólares por unos caballos. El hombre llevaba una carreta cargada hasta arriba con baúles de algún hotel. Se había arrastrado hasta aquí creyéndolo una zona segura, y le habían quitado los caballos. Las llamas acechaban por tres lados de la plaza y no había caballos.

También en ese momento, de pie al lado de la carreta, exhorté a un hombre a buscar un lugar seguro cuanto antes. Era un hombre mayor y llevaba muletas. Me dijo: “Hoy es mi cumpleaños. Anoche tenía treinta mil dólares. Compré cinco botellas de vino, pescado caro y otras cosas para mi cena de cumpleaños. No hubo cena y ahora todo lo que tengo son estas muletas”.

Lo convencí del peligro en que estaba y le ayudé a ponerse en marcha. Una hora después, desde la distancia, vi la carreta repleta de baúles arder alegremente en medio de la calle.

El jueves a las cinco y cuarto de la mañana, veinticuatro horas después del terremoto, me senté en la escalera de una pequeña casa en Nob Hill. Junto a mí se sentaron japoneses, italianos, chinos y negros –una muestra de los cosmopolitas restos del naufragio de la ciudad. Hacia arriba se encontraban los palacios de los ricos pioneros del 49. Por el este y el sur avanzaban, en ángulo recto, dos poderosas murallas de fuego.

Entré a la casa con el dueño. Era un tipo agradable, alegre y hospitalario. “Ayer a la mañana tenía seiscientos mil dólares. Esta mañana todo lo que tengo es esta casa. Y desaparecerá en quince minutos.” Señaló un armario enorme. “Esa es la colección de vajilla china de mi mujer. La alfombra sobre la que estamos es un regalo, costó mil quinientos dólares. Pruebe el piano, oiga su música. Hay muy pocos como ese. No hay caballos. Las llamas estarán aquí en quince minutos.”

Fuera de la antigua residencia Mark Hopkins estaba incendiándose un palacio. La policía se estaba retirando y se llevaban a los refugiados con ellos. Desde todas partes nos llegaban los rugidos de las llamas, el estrépito de muros derribándose y las explosiones de dinamita.

El amanecer del segundo día

Dejé atrás la casa. El día intentaba asomarse por encima de la capa de humo que cubría la ciudad. Una luz enfermiza trepaba por encima del rostro de las cosas. En un momento el sol atravesó la capa de humo, rojo sangre, mostrando un cuarto de su tamaño real. La capa de humo misma, vista desde abajo, era de un color rosáceo que revoloteaba y titilaba echando sombras lavanda.

Una hora más tarde, me encontraba caminando lentamente delante de la destrozada cúpula del ayuntamiento. No había una muestra mejor de la fuerza destructiva del terremoto. La piedra de la cúpula se había caído dejando ver el desnudo armazón de acero. Market Street estaba llena con los restos, y en medio de todo el desastre yacían las columnas derribadas del ayuntamiento, destrozadas en pequeños trozos.

Esta zona de la ciudad, con la excepción de la Oficina de Correos y la Casa de la Moneda, era un vertedero de ruinas humeantes. Aquí y allá de entre el humo, arrastrándose con miedo bajo la sombra de muros tambaleantes, ocasionalmente aparecían hombres y mujeres. Era como la reunión del puñado de sobrevivientes tras el día del fin del mundo.

Reses sacrificadas y asadas

En Mission Street había una docena de reses, en una ordenada fila desplegada en medio de la calle, como si hubieran sido matadas por las ruinas caídas del terremoto. El fuego había pasado luego y las había asado. Los cadáveres humanos habían sido retirados antes de que llegara el fuego. En otro lugar de Mission Street vi una carreta de leche. Un poste de telégrafo había caído sobre el asiento del conductor machacando las ruedas delanteras. Había bidones de leche regados por todas partes.

Durante el día y la noche del jueves, durante el día y la noche del viernes, las llamas siguieron ardiendo.

La noche del viernes vio la victoria final del fuego. De Russian Hill a Telegraph Hill todo había sido arrasado y las tres cuartas partes de una milla del muelle y dársenas del puerto habían sido barridas.

La última resistencia

La gran resistencia ofrecida por los bomberos el jueves a la noche en Van Ness Avenue. De haber fallado ahí, las comparativamente pocas casas que han quedado en la ciudad hubieran sido arrasadas también. Aquí estaban las magníficas residencias de la segunda generación de los acaudalados de San Francisco, aquí, en terreno sólido, fueron dinamitadas para cortar el paso al fuego. Aquí y allá las llamas saltaban, pero en esta zona los fuegos fueron apagados, usando principalmente sábanas húmedas y alfombras.

San Francisco en este momento es como el cráter de un volcán, alrededor del cual acampan decenas de miles de refugiados. Sólo en el presidio hay por lo menos veinte mil. Todas las ciudades y pueblos colindantes han sido invadidos por personas que han perdido sus casas y que ahora están siendo atendidos por comités de socorro. Los refugiados han sido transportados en trenes gratis adonde desearan llegar, y se calcula que aproximadamente cien mil personas han abandonado la península donde se asienta San Francisco. El gobierno tiene la situación controlada y, gracias a la ayuda brindada por el resto del país, no existe la más mínima posibilidad de hambruna entre los refugiados. Los banqueros y hombres de negocios de la ciudad han estado discutiendo ya sobre los preparativos necesarios para reconstruir San Francisco.

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