Expediente

Los dos lados de la psicodelia

POR ROGELIO GARZA / El Cultural / 16 08 2019

En julio de 1969, el ser humano caminó en la superficie de la Luna durante la misión espacial del Apolo 11. Después de eso el mundo no volvió a ser el mismo. Su efecto, como el de un gran ácido, fue sintetizado por el astronauta Neil Armstrong en su frase célebre de los chicos pasotes con tamaños zapatitos.

Mientras eso sucedía en el espacio, acá en la Tierra un grupo de viajeros emprendía otro tipo de travesía mental y espiritual, a través del cosmos contracultural sesentero, montados en la música, la electricidad  y las drogas. Woodstock y Altamont, los lados opuestos más elevados de la psicodelia, fueron las concentraciones cumbre de aquella corriente de pensamientos alucinados.

Antes del alunizaje el ser humano había llegado al espacio y conquistado la Luna en la literatura, el cómic, el cine, el radio, la televisión y las drogas. Astronautas y psiconautas se encontraron en el 2013, cuando Chris Hadfield, comandante de la Estación Espacial Internacional, empezó a grabar música y videos espectaculares estando en órbita. Una de esas canciones, incluida en el disco Space Sessions: Songs From a Tin Can, es precisamente “Space Oddity” de David Bowie, el tema que abre su disco también aparecido hace cincuenta años.

PSICODELIA: LA ESPIRAL EN LA MENTE HUMANA

Mientras unos viajeros llegaban a la Luna, otros viajaban al centro de la mente. En 1969 la psicodelia alcanzó su punto más alto y también el más terrorífico. La psicodelia es una espiral de pensamiento que gira a través de la historia y que conecta al hongo cornezuelo con el LSD, Eleusis con Woodstock, Upsala con Coachella, el Centro Ceremonial Otomí con el Sónar, el chamanismo con la psiquiatría y los viajes de la mente con los de la red.

En Filosofías del Underground, Luis Racionero mapea la gran tradición de pensamiento subterráneo, conformada por las corrientes filosóficas no socráticas-cristianas, opositoras al monopolio del racionalismo y al cristianismo, que corren en tres vertientes: individualistas, orientales y psicodélicas. Como corriente de pensamiento y método de conocimiento, la psicodelia parte de las experiencias inducidas por el consumo de sustancias psicoactivas, naturales o sintéticas, que permiten la expansión de la mente con fines rituales, curativos, creativos y recreativos.

Cultos, rituales y fiestas paganas fueron prohibidos por el cristianismo. Sin embargo, aquellas corrientes heterodoxas permanecieron bajo la superficie. La psicodelia tuvo sus guardianes europeos en la brujería y la alquimia medievales, cuyas prácticas requerían raíces, plantas, hongos y animales psicoactivos como la mandrágora, la amanita muscaria y el sapo bufo. Pura farmacopea fantástica. En América, las tradiciones rituales y medicinales de las plantas de conocimiento se han mantenido vivas entre los diversos pueblos prehispánicos hasta hoy. Los rituales con ayahuasca, peyote y hongos sobreviven a lo largo y ancho del continente. Acá poseemos un conocimiento milenario del teonanácatl y del peyote, plantas que se redescubrieron el siglo pasado y se popularizaron en los años sesenta, con la divulgación que hicieron diversos personajes como Robert Gordon Wasson, Ernst Jünger, Aldous Huxley, Carlos Castaneda y Fernando Benítez, entre otros.

“Mientras unos viajeros llegaban a la luna, otros viajaban al centro de la mente. En 1969 la psicodelia alcanzó su punto más alto y también el más terrorífico. La psicodelia es una espiral de pensamiento que gira a través de ha historia”.

Esas tres vertientes de pensamiento alterno confluyeron donde las condiciones permitieron su manifestación, como el punto donde brotan los hongos por la inclinación, la humedad y los rayos del sol: Estados Unidos. Es el periodo del underground llamado counterculture, contracultura (o cultura de equilibrio), que floreció en el Este y el Oeste gringos, y se extendió por Euruapan: psicodelia, comunas, filosofía oriental, anarquismo y el vehículo para todo eso: el rock.

Entre una galaxia de sustancias, quizá la más asequible y popular —además de la marihuana— fue la síntesis del genial bioquímico suizo Albert Hofmann, legal hasta 1967, con efectos increíbles y tan barata que la regalaban. En 1938, el doctor investigaba los alcaloides del cornezuelo —hongo del centeno, el trigo y la cebada—, cuando encontró la dietilamida tártriga, derivada del ácido lisérgico o LSD-25. Sabía que el cornezuelo se usaba en la antigüedad para facilitar los partos con menos dolor, por eso lo investigaba. También sabía que el pan y el ciceón hechos con los granos infectados surtían un efecto psicodélico. Hongos, pan y cerveza se consumían en las fiestas paganas de la fecundidad, como la festividad nórdica de la Antigua Upsala en Suecia y los Misterios Eleusinos en Grecia que datan de 1500 a. C. Ambas fiestas duraban nueve días de intoxicación, música y baile. Se asistía por lo menos una vez en la vida y estaba prohibido hablar sobre la experiencia. Por eso tanto misterio, revelado por el doctor Hofmann en su libro El camino a Eleusis: Una solución al enigma de los misterios (FCE). Los alcaloides de estas plantas funcionan como llaves en el cerebro. La glándula pineal, productora natural de DMT, fue llamada por Descartes “la puerta a la visión del espíritu”. En sus libros LSD, My Problem Child y The History of LSD, Hofmann vislumbró los alcances espirituales de su descubrimiento y evitó llamarlo alucinógeno: prefirió el término enteógeno, dios dentro de nosotros.

Albert Hofmann

El LSD explotó en las mentes de la juventud universitaria estadunidense por dos vías: la encabezada en la Costa Este por los psicólogos expulsados de Harvard, Timothy Leary, Ralph Metzner, Richard Albert y la Liga para el Descubrimiento Espiritual (Turn on, tune in, drop out). Y la otra, más acelerada e innovadora, liderada en la Costa Oeste por el escritor Ken Kesey (El Capitán Viajes), el beat Neal Cassady, los Merry Pranksters, Jerry Garcia y Grateful Dead. Estos dejaron la meditación para los estirados del Este, recorrieron el país a bordo del camión de colores Furthur, organizando las Pruebas de Ácido que relata Tom Wolfe en Ponche de Ácido Lisérgico, bacanales lisérgicas multimedia para liberar la mente. Kesey asistió a las clínicas psiquiátricas de California, donde el ejército y la CIA pagaban 75 dólares a los voluntarios en las pruebas con LSD y otras sustancias. Era parte del plan MK-Ultra, buscaban armas de control mental. Pero con Kesey el tiro les salió por la culata: ahí descubrió el potencial del LSD y escribió su célebre novela Alguien voló sobre el nido del cuco, de la que Milos Forman hizo la película Atrapado sin salida. Haight & Ashbury en San Francisco, el rock psicodélico, el periodismo gonzo, las comunas, el cine experimental, los Be-In y el Verano del Amor no hubieran sido posibles sin el ácido que fabricaban Augustus Owsley Stanley III, Nicholas Sand y Tim Scully, quienes mantuvieron aceitado al movimiento hippie con sus creaciones: el Purple Haze y el Sunshine. Woodstock y Altamont fueron las mayores concentraciones psicodélicas de la historia, todas las corrientes del underground se congregaron ahí, para brillar cegadoramente como una sola, en misterios eleusinos modernos. Hasta ese momento, la también llamada Nación Woodstock era la reunión juvenil contracultural más importante de todos los tiempos.

TRES DÍAS DE PAZ, MÚSICA E INTOXICACIÓN

Los organizadores de Woodstock, encabezados por Michael Lang, construían un estudio de grabación en medio del bosque. Para inaugurarlo se les ocurrió organizar un concierto local. El primero en la lista era Bob Dylan, por ser un vecino del pueblo; sin embargo, Dylan nunca confirmó su presencia y luego de quejarse por la cantidad de hippies que rondaba su casa, viajó a Inglaterra para tocar en el Festival de la Isla de Wight. La publicidad y la venta de boletos fueron locales, esperaban a 25 mil personas del área de Nueva York y convocaron a 32 grupos del momento, como Richie Havens, Ravi Shankar, Joan Baez, Santana, Janis Joplin, Sly & The Family Stone, Joe Cocker, Ten Years After, Crosby, Stills, Nash & Young y Jimi Hendrix. El ingeniero Chip Monck construyó el escenario y Bill Hanley diseñó el sistema de audio como si fuera un anfiteatro en las faldas de un cerro, con torres de bocinas distribuidas entre los cerros circundantes.

Pero el 15, 16 y 17 de agosto los organizadores y las autoridades se sacaron de onda ante el medio millón de personas que arribaron al terreno de Max Yasgur en Bethel, Nueva York, a media hora del pueblo de Woodstock. El área colapsó durante la invasión hippie. La asistencia desbordó cualquier expectativa e intento de contención, así que dejaron fluir a los ríos de personal y el concierto se declaró gratuito.

“En Woodstock, el desastre logístico debido al exceso de gente, la interminable lluvia y el lodo fue lo más alucinante. Ante el tráfico de las carreteras, los organizadores y el ejército transportaban a grupos y artistas en helicópteros”.

Jimi Hendrix

Al margen de la visión romántica que existe sobre el festival, dos testimonios de la época coinciden en señalar que el área parecía una zona de desastre o de guerra: la crónica de Rock Scully, el mánager de Grateful Dead, en su libro Living With The Dead, y la autobiografía de Pete Townshend, Who I Am, donde escribe su testimonio sobre el concierto. El desastre logístico debido al exceso de gente, la interminable lluvia y el lodo fue lo más alucinante. Ante el tráfico en las carreteras, los organizadores y el ejército transportaban a los grupos y artistas en helicópteros que sobrevolaban la zona llevando agua. La carencia de sanitarios y primeros auxilios, así como la escasez de agua y alimento, empezaron a causar estragos entre los asistentes. Al segundo día saquearon los puestos de hot dogs.

Scully narra las interminables negociaciones con los organizadores hasta entrada la noche del 15 de agosto, cuando al fin les entregaron su contrato firmado. Grateful Dead exigía el contrato y un adelanto para evitarse otro festival como el de Monterey, donde los organizadores desaparecieron con el dinero de la taquilla y enseguida publicaron una película y un disco sin pagar un centavo a los grupos. Grateful Dead se cobró llevándose el equipo de sonido para realizar el primer Be-In en el Golden Gate Park. Los acusaron de robo, pero después del Be-In devolvieron todo con una nota de agradecimiento. Ahora, en Woodstock, Grateful Dead llegaba y se iba en helicóptero. Sólo Scully y el guitarrista Bob Weir fueron en limusinas atiborradas de ácido y grupies. Debieron caminar un par de kilómetros en el lodo, con un maletín metálico que contenía ochocientas pastillas de ácido Sunshine. Con la lluvia empezaron a disolverse y empaparon la ropa de Scully que absorbió todo aquello. El maletín escurría un rastro naranja a su paso.

Cuando Grateful Dead salió a escena, quisieron proyectar las imágenes de las Pruebas de Ácido, pero el viento sopló y su enorme pantalla se convirtió en una vela, moviendo el escenario “como un barco en un océano de lodo”. Como piratas, Scully y su hermano cortaron los amarres que sostenían la pantalla y la dejaron ir en la tormenta. Mientras esto sucedía, por los altavoces se advertía a la audiencia que no tomara las pastillas de ácido café que estaban ocasionando malos viajes. No terminaban de anunciar esto cuando Wavy Gravy, el payaso lisérgico encargado de la seguridad, brincó al escenario para lanzar al público puños de pastillas cafés. Lo último que recuerda Scully es la imagen desde el helicóptero elevándose: medio millón de personas hacinadas durante tres días en el fondo de un sembradío atascado de lodo. Parecía Vietnam, asegura.

Para Pete Townshend, Woodstock se trataba de una revolución musical. Pero la escena que lo recibió al llegar fue la de una multitud que huía de un ataque aéreo. Al poner un pie en tierra se hundió hasta las rodillas en el  lodo y describe el backstage como un fango espeso con una carpa donde había agua caliente, café soluble y té. A los pocos minutos de prepararse un té, supo que toda el agua tenía ácido. Le tocó presenciar el accidente del tipo que se cayó desde lo alto de una torre. Enseguida entró a la carpa de primeros auxilios, donde yacían algunos accidentados y varios chavos pasados de ajos. Al caminar por ahí narra una escena de bosque encantado: hadas desnudas que bailaban entre los árboles, bandejas de toques, ácidos, hachís, hongos, y duendes tocando instrumentos musicales. Además del episodio con el yippie Abbie Hoffman, al que Townshend bateó fuera del escenario, los Who tuvieron otro incidente durante su presentación. Alguien apareció a sus pies mientras tocaban haciendo trastabillar a Roger Daltrey. Townshend lo pateó hacia fuera del escenario, al foso de la prensa, y el tipo aterrizó de espaldas con una cámara de cine. Era Michael Wadleigh, el director del documental que con el paso de las décadas hizo legendario al Festival de Woodstock.

“Tuvieron problemas para encontrar locación porque nadie quería hospedar una invasión de psicodélicos. Dos noches antes de la fecha, Dick Carter, propietario de la pista de Altamont, accedió a rentar su terreno”.

The Who

EL LADO OSCURO DE LA PSICODELIA

Otros consumidores de ácido en una comuna hippie eran el asesino psicodélico Charles Manson y su agradable Familia de rubias con la mente alrevesada. En agosto de 1969 salieron del desierto californiano, iluminados por las ideas mansonianas sobre una guerra racial, para perpetrar los asesinatos de siete personas a ritmo de “Helter Skelter” de los Beatles. Entre el 8 y el 9 de agosto fueron pasados a cuchillo la actriz Sharon Tate —con ocho meses y medio de embarazo—, Jay Sebring, Abigail Folger, Voytek Frykowski, Steven Parent, y Leno y Rosemary LaBianca. Previamente habían asesinado a puñaladas al profesor de música Allen Hinman para apropiarse de su casa y una herencia. El desquiciado Manson, un tipo atormentado desde la infancia y asesino favorito de los medios, pasó el resto de su vida en la cárcel, donde se orquestó una carrera musical con una veintena de discos grabados entre las rejas. Murió en noviembre de 2017, comprometido con una joven seguidora, a la edad de 83 años.

Manson anunciaba con sangre lo que ya se veía venir: el trágico final de la gran fiesta psicodélica. No todos estaban sintonizados en el amor. El otro lado de Woodstock fue el festival de Altamont, en California, el seis de diciembre de 1969, donde murió Meredith Hunter a manos de los Ángeles del Infierno. Como en todas las historias, existen dos versiones de los hechos en el llamado Woodstock del Oeste: la de los vencedores, en este caso los Rolling Stones; y la de los vencidos, los Ángeles del Infierno. En el testimonio de los vencidos, la crónica que hace su líder, en su autobiografía The Life and Times of Sonny Barger and the Hell’s Angels Motorcycle Club, Jagger y Richards son corresponsables de lo sucedido.

Charles Manson

La iniciativa del concierto surgió entre los Rolling Stones, Grateful Dead y Jefferson Airplane, concretamente entre los mánagers Sam Cutler, Rock Scully y un hipster emprendedor llamado Emmet Grogan. En un principio, la idea era un concierto gratuito en el Golden Gate Park contra la violencia de las pandillas en San Francisco, desatada entre negros, chinos, latinos y varios clubes de motociclistas. Y para que los Stones pudieran culminar la gira de Let It Bleed, criticada por el precio de los boletos, y ponerle fin a su película Gimme Shelter, dirigida por Albert y David Maysles. Cuando lo tramaban, Cutler dijo que los Stones habían contratado a los Hell’s Angels de Londres para mantener el orden en Hyde Park. Keith Richards lo secundaba, afirmando que los ángeles eran hermosos. Scully les advirtió que los ángeles ingleses eran como niños de guardería junto a los de California. Desoyendo, Grogan cerró el trato con el presidente de los Ángeles del Infierno de San Francisco, Pete Knell: escoltar a los Rolling Stones en su trayecto al escenario y vigilar el orden alrededor del escenario por 500 dólares en barriles de cerveza. Y como en la canción del elefante que se columpiaba, los Ángeles de San Francisco fueron a llamar a los de Oakland y a los de San José.

Tuvieron problemas para encontrar la locación porque nadie les daba el permiso ni quería hospedar una invasión de psicodélicos. Dos noches antes de la fecha anunciada, Dick Carter, propietario de la pista de carreras de Altamont, accedió a rentar su terreno. Por las prisas faltaron planeación y los servicios más básicos. Monck, el mismo ingeniero que hizo el escenario de Woodstock, diseñó y construyó el de Altamont en tiempo récord de un día. Pero lo hizo casi al ras del suelo, a petición de Jagger y Richards, y eso causó demasiados problemas cuando empezaron a tocar los grupos porque todo el mundo quiso subirse.

Arribaron cerca de 300 mil almas colocadas que colapsaron la zona. El testimonio de los músicos que llegaban a inspeccionar el área poblada desde un día antes coincide en que se percibía un ambiente ominoso, cargado de malas vibras. En el transcurso del día, mientras se cocinaba la tragedia, tocaron Santana, los Flyin’ Burrito Brothers, Crosby, Stills, Nash and Young y Jefferson Airplane, cuyo cantante Marty Balin fue noqueado por un ángel del infierno apodado Animal. A Jagger, tan pronto como bajó del helicóptero, un asistente lo golpeó y amenazó con matarlo. Los de Grateful Dead llegaron cuando empezaban los brotes de violencia entre los motociclistas y el público, sintieron un ambiente tan pasado y pesado que decidieron no tocar y mejor volaron lejos. Sabia decisión. Al principio les quisieron cargar el muerto porque el cuerpo de Meredith Hunter, por algún motivo, terminó abajo del camper que les habían asignado. La mayoría de la gente había llegado 48 horas antes y pasó el día entero bajo el sol, hasta la madre de alcohol, ácido y metanfetamina, y en constante fricción con los motociclistas. Estos se pusieron furiosos cuando la multitud jaló con sus choppers y pasó encima de ellas para saltar al escenario. Sonny Barger critica a los Rolling Stones por sembrar el clima de violencia y hacer esperar demasiado, lo que puso mal y de malas a todo el personal que había acampado desde la noche anterior. Lo que buscaban los Stones era crear el clima perfecto para cantar “Sympathy for the Devil”, y lo consiguieron. Salieron a tocar muy tarde, cuando las cosas ya estaban fuera de control. A lo largo del disco Altamont Festival se escuchan las constantes interrupciones por trifulcas, discusiones y llamados a la calma, que empezaron con Jefferson Airplane.

The Rolling Stones 

Pudo ser uno de los mejores conciertos de los Rolling Stones, el más memorable. El set de canciones era perfecto, pero interrumpido en repetidas ocasiones por las peleas, los regaños de Jagger y las advertencias de que dejarían de tocar. Se desataron broncas durante “Sympathy For The Devil” y “Love In Vain”, entonces Keith Richards dijo que se iba e intentó bajarse del escenario. Pero Barger lo detuvo, le puso una pistola en la espalda y le ordenó que siguiera tocando. El relámpago verde de Meredith Hunter sucedió cuando terminaba la siguiente canción, “Under My Thumb”. El estudiante de arte de diecinueve años intentó llegar al escenario en diversas ocasiones, iba hasta el sombrero de metanfetamina, en un vistoso traje verde, echando bronca y armado con una pistola .22 que sacó y apuntó hacia el frente. Alan Passaro, uno de los motociclistas, le quitó el arma con una mano y con la otra lo apuñaló seis veces en la espalda y la cabeza. “Ningún hippie es mejor que el peor de nosotros”, declaró Barger a la radio en defensa de los motociclistas.

El exagente del FBI, Mark Young, reveló que antes de terminar 1969 los Ángeles del Infierno intentaron matar a Mick Jagger mientras descansaba en un yate cerca de Nueva York, en venganza por responsabilizarlos. Pero una tormenta frustró sus planes, volcando el bote en el que intentaban llegar. Desde entonces, el grupo de rock y el club de motoristas se cargan al muerto recíprocamente, aunque la historia oficial absolvió a los rockeros de calentar a la multitud, llevarla hacia el precipicio y contratar semejantes servicios de seguridad. Para la prensa y los medios, fueron los motociclistas quienes asesinaron a la contracultura a puñaladas. When after all / It was you and me.

EL PROTOPUNK

A decir de Sonny Barger, Altamont no significó el fin de nada. Para los Ángeles del Infierno fue un día normal. El discurso del flower power y la Era de Acuario era basura intelectual de los universitarios. Sin embargo, sí hubo un cambio radical que pudo sentirse en la actitud nihilista y en la música de la siguiente generación que repudiaba la psicodelia y prefería la heroína y la cocaína: el heavy metal y el punk.

1969 fue un año de producciones históricas: la gran ópera rock Tommy de los Who, que inauguró esta vertiente; Abbey Road, el último de los Beatles juntos; Led Zeppelin, su debut del blues y el rock que influyó en el heavy metal; In The Court Of The Crimson King, que en estos días pasa de gira por México; y Let It Bleed de los Rolling Stones, marcado por la historia de Merry Clayton, la cantante de soul que perdió a su bebé momentos después de hacer el coro de “Gimme Shelter”, por la fuerza vocal y emocional de su interpretación. Pero hubo otros tres discos que anunciaban la siguiente revolución artística, que hoy sigue vigente en las nuevas generaciones porque a todo se le endilga la etiqueta de punk: The Velvet Underground de Velvet Underground, The Stooges de Iggy Pop y Space Oddity de David Bowie.

The Stooges, integrado por el llamado Padrino del punk y los hermanos Ron y Scott Asheton, fue un grupo de garage rock poco convencional cuyo sonido imitaba el sonido de las plantas acereras en su natal Michigan. Las canciones de Iggy Pop despertaron el espíritu juvenil de los años setenta, un estado anímico oscuro y destructivo: “1969”, “I Wanna Be Your Dog”, “We Will Fall”, “No Fun”, “Real Cool Time”. Nadie había tocado así las guitarras ni cantado ese tipo de cosas con tal rabia. Un rompimiento total que fue un escándalo. Punk es el término que los críticos de rock Lenny Kaye y Lester Bangs empezaron a utilizar para definir la música de este primer disco de The Stooges que fue producido por John Cale.

También apareció el tercer disco de The Velvet Underground, el grupo liderado por Lou Reed, de quien se dice que libró al rock de la academia. Después de él no se necesitó saber tocar la guitarra para formar un grupo. Un par de años después, el periodista y caricaturista John Holmstrom, editor de la revista Punk, definió esta corriente como una mano inexperta.

“Pudo ser uno de los mejores conciertos de los Rolling Stones. El set de canciones era perfecto, pero interrumpido en repetidas ocasiones por las peleas”.

Aunque Velvet Underground ya había sacado sus obras maestras desde 1967, este Velvet Underground es un renacimiento por varias razones. Es el primer disco del grupo sin John Cale (bajista-tecladista, compositor y productor), y el primero con Doug Yule como sustituto. También procuraron sacudirse la influencia de Andy Warhol y The Factory. Esto ocasionó un giro en la música y las letras, menos experimental y más accesible, un sonido en el que combinaban las baladas suaves de letras fuertes, “Candy Says”, “Pale Blue Eyes” y “Jesus”, con canciones rockeras y letras más fuertes aún: “Beginning To See The Light”, la experimental “The Murder Mistery” y ese patrimonio del rock que es “What Goes On”, su ritmo hipnótico y su solo interminable de guitarra.

En esta nueva corriente, quizá el disco más significativo de 1969 fue David Bowie, reeditado en 1972 con el título Space Oddity, la canción que abre el disco, sobre el Major Tom flotando en su cápsula. Es una rareza inspirada en parte por la película 2001: A Space Odyssey de Stanley Kubrick, en parte por la hazaña del Apolo 11 y por Yuri Gagarin, el primer hombre en orbitar alrededor de la Tierra encapsulado en el Vostok 1, en 1961. Fue producido por Tony Visconti, quien también toca el bajo, una amalgama de folk dylaniano con el rock progresivo y la psicodelia en grandes canciones: “Letter To Hermione”, “Cygnet Committee”, “God Knows I’m Good” y la fantástica “Memory Of A Free Festival”. David Bowie fue el gran heraldo musical de lo que vendría en las siguientes décadas después del punk, siendo él un instigador de aquel sonido en canciones como “Hang On To Yourself” y produciendo el mejor material de su comadre, la Iguana Pop. Un artista adelantado a su tiempo, el andrógino espacial con el pelo rojo y erizado cincuenta años después suena vigente: For here am I sitting in my tin can / Far above the world / Planet Earth is blue / And there’s nothing I can do.

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