Expediente

Hay vida después del dolor

POR NAZUL ARAMAYO / Vanguardia / 01 12 2019

1

¿Hoy sí? ¿Hoy no? ¿Hoy sí?

No recuerdo cuánto tiempo ha pasado desde que llegamos a Tamaulipas. ¿Hace cuántos años era Don Chingón? Recuerdo los gritos a mis compañeros de trabajo, el gozo de pendejear a los demás, los saludos del director general, las llamadas de gente que me buscaba, las entrevistas a medio mundo, las comidas en los mejores restaurantes de Coahuila, los viajes con políticos, los halagos, los tragos finos. Recordar es volver a morir. ¿Hoy sí?

Mi esposa ya salió a dejar a los niños en la escuela. ¿A qué hora se fueron? Sigo en cama. Otra noche de mierda en la puta ciudad de mis padres. ¿Hoy no? Con la luz, la basura que soy cobra forma: un bulto de treinta y tres años envuelto en sábanas y peste, desechos de alcohol, recuerdos borrosos. Esta casa vieja es un cochinero.

Miro el postigo encima de la puerta. Me levanto y todo me duele. ¿Y los amigos y las fiestas? Hipócritas. Me dejaron solo como a un perro. Pero al menos un perro tiene una correa, al menos un pinche perro cree en lo que huele. ¿Y yo?

Siento la soga en mis manos. Es real. Como mi desempleo, mis dos niños, mi esposa y mis papás. Es real. Y esta no es la vida que yo imaginé.

¿Hoy sí?

Mi esposa abrirá la puerta principal y me verá. Sí. ¿Hoy no? No recuerdo cuánto tiempo he pensado en esto, cuántos días o meses han pasado en que elegí esa puerta vieja. Me encontrará. Aprieto la soga: solo la caída puede arreglar un camino descompuesto.

Hoy sí.

2

¿Has tenido un día triste y seis bien? Sí, es normal, no importa si no logras lo que quieres, un día triste te lo puedes permitir.

No sé cuándo ya no fue uno, sino fueron dos y luego tres y después toda la semana triste. ¿Cuánto tiempo pasé así? No sé. Pasaron años. Perdí la noción del tiempo.

Yo era Don Chingón.

¿Cuándo perdí las ganas de vivir? No sé.

¿Cuántos días o meses pensé que la vida no tiene sentido y no sirve? No sé.

¿Cuánto tiempo pasó hasta que me dije: ya no quiero vivir? No sé.

¿Cuánto tiempo pasé repitiendo en mi cabeza “me quiero morir”? No sé.

¿Cuándo pensé que el suicidio era una opción? No sé.

¿En qué momento decidí cómo me quería suicidar? No sé.

¿Cuándo elegí el lugar en que lo haría? No sé.

¿Cuántos días pasé imaginando que mi esposa encontraría mi cuerpo colgado? No sé.

Lo único que sé es que quiero una cerveza y la muerte es perfecta.

3

Mi esposa abre la puerta y me ve.

Sé que quiero a mis hijos. Sé que quiero a mi esposa. Pero no puedo con mi vida. No me puedo sostener. Menos voy a poder sostener a una familia.

Yo mismo los obligué a venir a esta ciudad, donde no encuentro trabajo y todo lo que planeé acabó mal. Y nadie puede decir que no le chingué: toqué puertas en todos los medios, yo era Don Chingón, el asistente del director general de la empresa, tenía amigos y contactos. Y si quise regresar a Tampico fue para arreglar los problemas que tenía con mis papás, ¿por qué una buena intención me llevaría al precipicio?

Trabajé vendiendo chucherías en los mercados. Don Chingón como pinche fayuquero.

¿Qué te hice? ¿Por qué me ves mal? ¿Qué quieres? Le chingué, ¿o no?

Vendí chucherías y me gasté el dinero en caguamas. Es verdad que descuidé a mi familia, pero la cerveza también puede ser un hogar.

Mi esposa también se puso a vender lo que pudiera: cosméticos, empanadas, lo que fuera, se hizo cargo de los niños, los llevó a la escuela, les hizo de comer, los cuidó. ¡Cómo cala vivir a lado de esa perfección! La luz hiere cuando la miras de frente. Trato de respirar pero siempre hay algo que me pesa, me falta aire aunque inhalo con rapidez. ¿Hace frío? No sé.

Mi esposa me mira y no dice nada. Ya no tengo la soga en mis manos. No sé qué decir. Me siento desnudo. Huyo. Salgo de casa y camino, sin rumbo, sin hogar, me doy cuenta de que hay sol aunque bajo su luz solo veo una ciudad en ruinas. Entonces lloro. No me puedo detener. Camino, camino, camino y lloro.

Dicen que un suicida nunca llora.

4

El psicólogo del DIF me dice que estoy mal y que no puede ayudarme. Llegué llorando a este lugar e hice lo que nunca había hecho: hablé.

Hablo y lloro. No es ni será la primera vez que un psicólogo me dice que estoy mal. ¿No se dan cuenta que ya lo sé?, no voy con ellos para que me digan eso, voy porque estoy perdido y ya no sé quién soy.

El psicólogo me recomienda ir al psiquiatra: el DIF puede poner la mitad de la consulta. ¿Cómo voy a ir al psiquiatra y recibir su limosna si yo soy Don Chingón?

Pienso en mis hijos. Recuerdo que hace pocas semanas llevé el carro al taller porque mi esposa chocó. Cuando llegué por el carro, el mecánico estaba llorando: su papá se había suicidado, y él quería hacer lo mismo. No le voy a heredar la muerte a mis niños.

Me pongo una gorra y lentes oscuros, una camisa y una chaqueta para ir al psiquiatra. Me receta un arsenal de medicamentos.

Dopado, la vida parece ir bien. Es una vida lenta, tranquila, sin ansiedad, sin deseos de morir, pero no es mi vida. Tampoco soy yo. Entonces decido que mi familia y yo tenemos que regresar a Saltillo, estoy seguro que encontraré nuevas oportunidades, que creceremos y tendremos una mejor vida.

Uno toma buenas decisiones apendejado. Bueno, con estas medicinas controladas. Por eso también decido que mi esposa y yo vayamos a la boda de mi hermano. Será una buena despedida.

Bailamos. Sonreímos. Compartimos algo bello después de tantos años que solo sentía tristeza, enojo y ganas de morir. Ella me dice que no siente una mano. ¿Qué tienes? No siente el brazo. Se le paraliza el cuerpo. Nos sentamos. Su cuerpo no reacciona, no se sostiene sobre la silla. Pido una ambulancia. El baile continúa. Ella sigue consciente cuando la llevan al hospital.

“¿Tienes hijos pequeños?”, me pregunta el doctor. Le respondo que sí. “Entonces empieza a hacer planes porque a partir de hoy su vida va a cambiar. Entre el trabajo y el hospital, usted va a vivir. Busque quien le ayude a cuidar a sus hijos porque a su esposa le acaba de dar un derrame cerebral. Puede quedarse vegetal una semana, un mes o toda la vida”.

5

Pinche Dios, hijo de tu pinche madre, yo estoy poniendo lo mejor de mí para salir adelante y ahora me regalas esto, hijo de la rechingada. Contigo no se puede. Ojalá que te puedas convertir en humano para agarrarte a madrazos, para escupirte a la cara y para poderte matar.

¿Por qué a mi esposa? ¿Por qué no a la esposa de un amigo, por qué no a la chingada mujer del vecino?

Digo, por mis manos caminan cientos de hormigas, y aviento los medicamentos.

6

¿Cuándo se empezó a recuperar mi esposa? No sé.

¿Cómo le hacíamos para comer y sobrevivir? No sé.

Perdí la noción del tiempo. Otra vez. Peor. Volví a mi refugio: el alcohol.

Mis hijos bañaban a su mamá, le ponían la ropa, le cambiaban la toalla femenina.

Prohibí las visitas. Sólo un terapeuta podía entrar una vez por semana.

¿Y yo?

7

Tengo una armadura de basura y pesa mucho.

Veo una noticia de un suicidio en el periódico y pienso que si él pudo, yo también, hazlo, sólo hazlo. Pero tomo como lo hago desde los catorce años, pero ya tengo casi cuarenta.

Un amigo me habla por teléfono y me dice que regrese a Saltillo a trabajar en otra empresa. ¿Y si abandono a mi familia? No, no puedo ser tan vil. ¿Entonces? Le digo a mi esposa que me voy a ir, que entienda, que su familia la puede cuidar.

¿En qué momento recuperó el conocimiento? No sé.

Ni siquiera me di cuenta cuando ella empezó a caminar otra vez.

Me dan el trabajo en Saltillo. Regresa Don Chingón. No soy el asistente del director ni gano dinero como antes, pero me respetan o al menos me tienen miedo; grito, hago aspavientos, me burlo, humillo. El coraje es mi fuerza. ¿O mi fuerza es una máscara?

Alguna vez le dije a algunos amigos que pensaba que esta vida no tenía sentido, me contestaron: no digas mamadas, mejor vamos a tomar.

Le dije lo mismo a mi mamá y me respondió que me iba a excomulgar, que mejor fuera a la iglesia y me acercara a Jesucristo.

¿Te han dicho que le eches ganas y ya no estés triste?

¿Te han dicho que solo estás chiflado y quieres llamar la atención?

Pendejos.

Hablo con mi esposa para que venga a Saltillo con los niños. Seremos de nuevo una familia. Hechos millones de pedazos de basura, pero una familia.

Amigo, si estás leyendo esto, gracias por salvarme la vida.

8

Si no sé vivir, ¿cómo puedo compartir una vida con mi esposa y mis hijos?

Los focos fluorescentes de la oficina zumban sobre mi cabeza, forman barrotes luminosos de una prisión. No hay salida. La vida siempre encuentra la forma de mostrar su fealdad. Enciende la luz: el brillo es intolerable y estás solo, crees que conoces a los otros, pero son solo cuerpos que miran y sufren, son el infierno y algún día te darás cuenta que ya estás hundido y lo que creías que era luz, es un recuerdo, una mentira, y padeces el imbécil vicio de vivir. Tecleo con las manos temblando, frías, los dedos rebotan contra las letras y no los siento. No golpeo la computadora, pero le grito al primero que pasa. Soy chingón y puedo. ¿Qué me ves? ¿Te hice algo o qué?

Salgo a la calle y no estoy seguro si hace un buen clima. Veo a Saltillo en ruinas. ¿Alguna vez fue un lugar habitable?

Regreso a casa borracho. ¿Por qué me dejaste a una esposa discapacitada, pinche Dios, pinche vida, pinche universo? ¿Hoy sí? ¿Hoy no? ¿Otra vez? ¿Ahora sí?

Los días pasan y una amiga de la carrera me busca e insiste en que vaya a su casa o la acompañe a reuniones. ¿Quieres algo conmigo o qué? “Te quiero ayudar”, contesta. Y quién chingados te dijo que estoy mal, no necesito tu ayuda. Otro día me vuelve a hablar: no te metas en mi vida, deja de estar chingando. Insiste: que estoy bien, todo está bien en mi casa, mira, ve a mis hijos y a mi esposa, no puede mover una mano y cojea pero se recuperó, estamos bien.

Un día acepto y voy a su casa, soy el único que está tomando. Un hombre cuenta el día en que decidió quitarse la vida. Entre todos me piden que continúe asistiendo. Les doy las gracias y les digo que no me interesa su vida como para seguir escuchándolos.

Pero regreso.

No entiendo lo que pasa, pero los escucho. Y me escucho a mí mismo. Solo un buzo puede rescatar a otro buzo; solo un minero puede rescatar a otro minero, dicen en el grupo.

“Si te quieres suicidar, suicídate, pero no lo hagas, mejor únete a nosotros y te vamos a entender”.

Y recuerdo las pocas veces que alguien dice que la vida no vale nada y los demás cambian el tema. Nadie quiere escuchar. Tienen miedo. Nadie está preparado para escuchar.

Amiga, si estás leyendo esto, gracias por salvarme la vida, pero ¿por qué creías en mí si decía una cosa, pensaba otra y hacía otra cosa diferente?

9

¿Sabes quién es el monstruo más feroz de este universo? Tú.

Tus miedos, tus obsesiones, tus culpas, tus inseguridades, tus frustraciones, tus vergüenzas, todo lo que has acumulado.

Mientras mi esposa estaba en la neblina de la inconsciencia, ¿dónde estaba yo?, ¿qué hacía?

Estoy seguro que si ella sacó fuerzas para regresar no fue por mí, sino por nuestros hijos.

Y cuando yo estaba pisteando y pensando en morir, ella trabajó, cocinó, se hizo cargo de los niños.

Sé que tengo emociones kamikazes y cada día cuesta más demostrarle al mundo que estoy bien. Sé que tengo que controlar mis emociones.

Continúo en el grupo de ayuda y aprendo valorarme, a unir las millones de piezas desperdigadas en alcohol, agresiones, irresponsabilidades, tonterías; es una lucha diaria.

De niño me gustaba dibujar y utilizar muchos colores. Decidí dejar el alcohol hace diez años. Cada vez que tengo la necesidad de tomar, vuelvo a dibujar aunque me la pase encerrado todo el sábado.

Me despidieron de la empresa. Ahora trabajo con sobrevivientes de cáncer. Estas personas son mi medicina: gente que lucha, gente que tiene ganas de vivir, gente que busca un día más, un día más de vida.

La sociedad parece que perdona más a un violador y a un delincuente, que a un suicida.

Un suicida no es cobarde ni valiente. Un suicida perdió el rumbo.

Cuando alguien diga que piensa que ya no puede más, debes preguntar ¿de verdad te quieres quitar la vida?, y luego callar. Escucha.

No juzgues. No mandes a una persona a la iglesia. Pregunta si ya ha pensado en el método. Escucha.

Para prevenir el suicidio tenemos que hablar del suicidio.

10

Soy una persona que ha roto las reglas de la vida.

Tengo 50 años, una esposa y dos hijos.

Hay días que despierto y siento el aire del suicidio.

Hay días en que uno amanece muy aburrido. Eso no se quita nunca.

Soy un alcohólico.

Soy un neurótico.

Soy una persona con tendencia suicida.

Soy adicto al sufrimiento.

¿Crees que conoces la mente de un suicida?

No tienes ni idea. Cada caso es distinto.

*Obtuvo el Premio Estatal de Periodismo Coahuila 2020 en el género de Crónica

RELACIONADO

El mundo es ancho y ajeno

El mundo es ancho y ajeno

Eugenio Partida narra con una prosa a veces aerodinámica y a veces parsimoniosa —siempre ruda, desaseada a veces, sin florituras— lo que pasa ante sus ojos y, principalmente, lo que le sucede a él.

Leer más
Cronista de un mundo raro

Cronista de un mundo raro

La escritora, Fernanda Melchor, seleccionó trece historias que retoman anécdotas de su infancia, reconstrucciones de hechos de los que conoció de oídas o leyó en los periódicos.

Leer más
De ferias, cifras y editoriales

De ferias, cifras y editoriales

El libro, su producción y difusión, se ha visto en serias dificultades que, sin embargo, a su vez han estimulado nuevos esfuerzos. Aquí la propuesta de la editorial “El Salario del Miedo”.

Leer más