Nadie es inocente

El placer de la tinta sangre

POR IVÁN FARÍAS / Letras Explícitas / 17 11 2014

El primer reportaje policiaco que recuerdo haber visto fue el de los narcosatánicos de Matamoros. Acostado en la cama, a altas horas de la noche, observaba el trabajo hecho para la edición mexicana de “60 minutos” por el reportero Juan Ruiz Healy. Éste caminaba por el viejo rancho de los asesinos rituales y mostraba tramo por tramo las huellas de sangre y huesos que habían dejado. Un gran altar en uno de los infectos cuartos estaba salpicado de velas, velones, copas y cuchillos. Ver aquello produjo en mí un placer culpable. No como el que muchos ahora presumen cuando ven una película mala sino el que produce conocer las recónditas oscuridades del ser humano y a pesar de la repulsión seguir viéndolo.

La cobertura periodística de crímenes en nuestro país ha caído en tierra fértil: producimos lo mismo cadáveres que lectores voraces de ella. La abundancia es tanta que algunos periodistas se han especializado en lo que en otros países se llama “sucesos” y que en México se le dice “policiaca” o “nota roja”. Muchos ven esta actividad como algo frívolo o perverso pero hay escritores que han encontrado en ese oficio, en su investigación y difusión, una veta de inspiración. J. M. Servín es uno de ellos. Luego de incontables trabajos periodísticos Servín llevó el primer número para su editorial -Producciones El Salario del Miedo- que acabó llamándose El cuaderno Gonzo Cero dedicado al sexo. La publicación tenía un formato inusual y un diseño llamativo complementaba a la perfección el contenido de alto nivel. Lo mismo crónicas sobre prostitución que relatos sobre las actividades sexuales de los chilangos. Todo bajo el fantasma de Hunter S. Thompson

Cuando conocí el número quise escribir en la siguiente entrega. Quería la suerte que así fuera. Un día Bibiana Camacho y J. M. Servín se apersonaron en la librería donde trabajo. Platicamos sobre muchas cosas (novela noir y periodismo) y en un momento dado sobre Spota. Amablemente me invitaron a escribir un perfil sobre el peculiar escritor. Mandé mi texto y lo olvidé como se olvidan siempre las colaboraciones que uno manda.

Cuando por fin recibí mi ejemplar, la sorpresa (y la emoción) fue total. El número está dedicado al periodismo notarojero de antaño; lo cual implica desmarcarse por completo de lo que se está haciendo en la actualidad, es decir, el tan cuestionado periodismo narrativo que mezcla la ficción con la supuesta denuncia.

El volumen incluye la esplendorosa y atrapante crónica de David García Salinas sobre el Caso Bohigas. Suceso que causó conmoción entre la sociedad mexicana que seguía paso a paso el sufrimiento y las pesquisas de los padres para encontrar a su hijo desaparecido. De Luis Spota se reproduce parte de una larga crónica que realizó en Las Islas Marías, sitio que pretendía ser una cárcel modelo y acabo siendo un infierno con “muros de agua”. La crónica es una clase de cómo hacer periodismo en un sitio arriesgado. Otro hallazgo es el texto de Elena Garro, quien escribe infiltrada en un reformatorio de señoritas, lo cual habla de lo poco que conocemos a esta narradora. Uno todavía no está saliendo de su sorpresa cuando nos encontramos con una crónica puntal y amena de José Revueltas sobre el juicio del tristemente célebre Goyo Cárdenas. El volumen se complementa con el asesinato de Trotsky; el terremoto de 1957; un homenaje a Miguel Ángel Rodríguez, quien fuera director de la revista Alarma! y que murió sorpresivamente pocas semanas antes de que viera la luz el Cuaderno Gonzo Uno. Colaboran por igual Joserra Ortiz, Alejandro Toledo, Bibiana Camacho, Eduardo Antonio Parra, José Ramón y Carlos Manuel Cruz Meza.

El diseño merece un capítulo aparte. Jugando con la iconografía y la seriedad de los anuncios de los cuarenta, el Cuaderno Gonzo ofrece una nueva piel y un humor negro digno de recordar. No cabe duda que el placer culposo de la tinta sangre nos viene de generaciones atrás.

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