Caso cerrado

Dos historias de esclavitud

POR ELWOOD HARVEY / Letras Libres / 08 2007

Hombres en venta/Virginia, DIC de 1846

Asistimos a la venta de un terreno y otras propiedades cerca de Petersburg, Virginia, y de repente presenciamos una subasta pública de esclavos, a quienes se les dijo que no los venderían. Los reunieron frente a los barracones, a la vista de la multitud ahí congregada. Después de liquidar la propiedad se escuchó la estrepitosa voz del subastador: “¡Traigan a los negros!”

Una sombra de desconcierto y de temor invadió su rostro al tiempo que se miraban unos a otros, y después a la multitud de compradores, cuya atención ahora estaba centrada en ellos. Cuando por fin cayeron en cuenta de la horrible certeza de su venta, y de que jamás volverían a ver a sus familiares y amigos, el efecto fue de una agonía indescriptible.

Las mujeres levantaron a sus bebés de un tirón y corrieron a sus chozas dando gritos. Los niños se escondieron detrás de los árboles y las barracas, y los hombres permanecieron de pie, mudos de desesperación. El encargado de la subasta se paró frente al pórtico de la casa y alineó a los “hombres y muchachos” para inspeccionarlos en el patio. Se anunció que no había ninguna garantía de sanidad por lo que los compradores mismos debían examinarlos. Algunos ancianos fueron vendidos por entre trece y veinticinco dólares. Resultaba doloroso ver a los viejos, doblados por años de arduo trabajo y sufrimiento, ponerse de pie para ser objeto del escarnio de brutales tiranos, y escucharlos hablar sobre sus enfermedades y su inutilidad, por temor a que los compraran los traficantes de esclavos del mercado del sur.

A un muchacho blanco de alrededor de quince años se le obligó a subir a la tribuna. Tenía el cabello castaño y lacio, el tono de su piel era exactamente el mismo que el del resto de las personas de tez blanca, y en su semblante no se percibía ningún rasgo negro. Se escucharon algunas bromas vulgares acerca del color de su piel y alguien ofreció doscientos dólares, pero el público opinó que “como primera oferta, la cifra no es suficiente por un muchacho negro tan capaz”. Varios comentaron que “no lo aceptaría ni regalado”. Otros dijeron que un negro blanco no valía los problemas que iba a ocasionar. Un hombre afirmó que estaba mal vender a gente blanca. Le pregunté si era peor que vender a gente negra. No respondió. Antes de ser vendido, la madre del joven salió apresuradamente de la casa al pórtico y, con un dolor frenético, gritó llorando: “Mi hijo. ¡Ay!, mi muchacho; van a llevarse a mi… ” Su voz se perdió, la empujaron con rudeza y cerraron la puerta detrás de ella. En ningún momento se interrumpió la venta y nadie entre los asistentes pareció sentirse afectado por la escena.

Temeroso de llorar frente a tantos extraños que no mostraban ningún signo de compasión o misericordia, el pobre muchacho se enjugó las lágrimas con las mangas. Se pagaron doscientos cincuenta dólares por él. Durante la subasta los gritos y lamentos provenientes de los barracones me partieron el corazón. Enseguida se llamó a una mujer por su nombre. Ella le dio a su hijo un último abrazo desesperado antes de dejarlo a cargo de una anciana y de manera mecánica se apresuró a obedecer el llamado; pero se detuvo, alzó los brazos, gritó y ya no se movió.

Uno de mis acompañantes me dio un golpecito en el hombro y me dijo: “Ven, vámonos; no aguanto más”. Nos fuimos. Nuestro cochero en Petersburg tenía dos hijos que pertenecían a la finca: hijos pequeños. Él obtuvo la promesa de que no los venderían. Le preguntamos si eran sus únicos hijos. Respondió: “Son los que me quedan de ocho.” A otros tres los vendieron al Sur y jamás volvió a verlos o a saber de ellos.

El castigo de una esclava

POR SAMUEL GRIDLEY HOWE / Traducción de Laura Emilia Pacheco

He pasado diez días en Nueva Orleáns –confío en que no de poco provecho–examinando instituciones públicas: escuelas, asilos, hospitales, prisiones, etcétera. Con excepción de las primeras, hay pocas esperanzas de mejora. Ignoro cuánto mérito pueda haber en un sistema como el suyo, pero sé que en la administración del código penal existen abominaciones que le merecen a la ciudad el mismo destino que Sodoma. Howard o la señora Fry no precisan si alguna vez hallaron una guarida de ladrones con un manejo tan funesto como el de la cárcel de Nueva Orleáns.

En el bloque de los negros vi muchas cosas que me hicieron sentir vergüenza de ser blanco y que, por un momento, despertaron un espíritu maligno en mi naturaleza animal. Al entrar a un gran patio con pavimento, rodeado de galerías repletas de esclavos de todas edades, cualquier sexo y color, escuché el ruido seco de un látigo. Cada uno de sus golpes tenía el agudo restallar de una pistola. Me volví y presencié algo que me heló la médula y que, por primera vez en mi vida, me dio la sensación de que el cabello se me erizaba desde la raíz.

Una muchacha negra estaba acostada boca abajo sobre una plancha de madera. Tenía los pulgares amarrados, sujetos a un extremo, y los pies atados y tensados con fuerza al otro. Una correa le pasaba por la parte inferior de la espalda, la aseguraba a la tabla y la comprimía contra ella. De la correa para abajo estaba completamente desnuda. Parado a un costado, y como a dos metros de distancia, había un negro gigantesco con un látigo enorme que aplicaba con un poder atroz y una precisión asombrosa. Cada golpe desgarraba una tira de piel que se quedaba pegada al látigo o bien caía al pavimento trepidando, mientras brotaba la sangre.

La pobre criatura se retorcía y daba alaridos de dolor. Con una voz que mostraba su miedo a la muerte y su espantosa agonía, le gritó a su amo –que estaba de pie, en la cabecera: “¡Ay, perdóneme la vida! ¡No me arranque el alma!” Pero aún así sintió el horrible azote. Una tira de piel tras otra se desprendió; latigazo tras latigazo laceró su carne viva hasta quedar convertida en una masa lívida y sangrienta de tembloroso músculo desgarrado. Me costó un trabajo enorme no saltarle encima al torturador para detener su látigo, pero, ¡ay de mí!, ¿qué podía yo sino hacerme a un lado para ocultar mis lágrimas por quien sufría y el bochorno que me causaba la humanidad?

Esto ocurrió en una prisión pública y organizada de manera habitual. La ley reconocía y autorizaba ese castigo. Pero pensarán que la desdichada cometió una ofensa terrible, se le declaró culpable y se le sentenció al látigo. No fue así. Su amo la llevó para que el verdugo la azotara –sin juicio, juez ni jurado–, sólo porque él así lo quiso, o ante una mera señal suya, para castigar alguna ofensa –real o imaginaria–, o para gratificar su capricho personal o su mala intención. Y si así lo dictaba su voluntad, podía llevarla todos los días, sin que a ella se le asignara un proceso, y someterla a la cantidad de azotes que él quisiera, hasta veinticinco, siempre y cuando pagara una cuota. Pero si así lo deseaba, podía tener su propia tabla de azotes y brutalizarla él mismo.

Como ya dije, una parte horrible de ese espantoso castigo era su carácter público. Ocurrió en un patio rodeado de galerías retacadas de negros de ambos sexos: esclavos fugitivos, consignados por algún crimen o que estaban en venta. Como es natural, uno supondría que se apiñaron al frente y miraron, horrorizados, el brutal espectáculo que se desarrollaba abajo. Pero no, la mayoría apenas se percató y casi todos mostraron indiferencia. Continuaron con sus infantiles pasatiempos y algunos se rieron con franqueza desde las regiones más distantes de las galerías. Así de profundo puede hundirse el hombre –creado a semejanza de Dios– en la brutalidad.

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