Expediente

Diego siempre estaba allí, nunca traicionaba

Los catalanes tuvieron a Diego, pero no se han querido de verdad. Cuando lo vendieron al Nápoles, lo consideraban un jugador con una sola pierna porque la otra se la rompió Andoni Goikoetxea (como bien saben, la prensa española definió como “crimen” la entrada del defensa vasco) y, sobre todo, incontrolable. En cierto modo, debemos agradecer la miopía del Barça de aquellos años, que no soporta a un futbolista que habla demasiado. Diego se había peleado con la dirección y en el campo molestaba que fuera el líder. Llegar de Argentina y querer mandar en el Camp Nou. Se va de Barcelona destrozado, hambriento e inquieto y eso es exactamente lo que lo ha convertido en napolitano. Pero ¿cómo podría explicar a los no napolitanos que Maradona había adoptado por completo el espíritu de la ciudad y sus habitantes? Era una alianza natural, un reencuentro. Cuando llegó al estadio por primera vez, el San Paolo estaba lleno, como si se jugara una final. Nunca, en ninguna otra parte de Europa, le pasará algo así a ningún jugador. Todo el estadio lleno.

Ahora que ya no está, siento que he envejecido de repente. Imaginen lo que supone, a los 10 años, tener en tu equipo al mejor jugador del mundo, y tenerlo en un equipo del sur siempre boicoteado, humillado, marginado por un sistema de fútbol que favorecía a los equipos del norte. ¿Cómo puedo contar lo que Diego Armando Maradona significa para un napolitano? Nunca lo conseguiré. Pertenezco exactamente a la Generación Maradona, la que creció en Nápoles con el culto a Diego. Soy de 1979, tenía siete años en el primer título de liga del Nápoles y diez en el segundo. Diego representa la unión de todo lo mejor y lo peor que ha generado mi tierra. ¿Cómo podría explicar que, exactamente igual que un dios, los vicios, los errores, los crímenes que cometió fueron solo la sombra que hizo al dios aún más luminoso? Exactamente igual que los dioses, cuyos vicios los hacían tan semejantes a nosotros. Sin embargo, en su crueldad, en su error, su valor, su calidad, destacaban aún más su valor, su calidad. ¿Cómo podré explicar que Maradona fue el rescate? Imaginen una tierra que acababa de salir de un terremoto devastador (el de 1980), enferma de desempleo, desgarrada por las luchas de la Camorra. Imaginen que llega un chico nacido en un barrio muy pobre, que promete dar felicidad y cumple esa promesa. Que permite al Nápoles ser admirado y temido en todo el mundo por su hermoso juego. Ese chico argentino que nada más llegar a Nápoles encuentra que 80.000 personas han acudido para recibirlo, solo para saludarlo.

Allí se sella el pacto entre la ciudad y Maradona: Diego promete dar lo mejor de sí y la ciudad promete amarlo. Y así será. Nunca olvidaré cuando fuimos a ganar la Copa de la UEFA a Stuttgart y el estadio estaba lleno de expatriados napolitanos que sentían que estaban ganando por primera vez. Diego era perfecto para Nápoles, era argentino-napolitano, parecía hecho para enamorar a este pueblo. En 1984 acudió corriendo a jugar a un campo de patatas en Acerra, en uno de sus constantes gestos de generosidad. El padre de un niño que necesita una operación para salvar su vida, le pidió a Maradona que jugase para recaudar dinero en Acerra. Ferlaino, el presidente, no accede a la petición y Maradona paga una cláusula de 12 millones de liras y juega en ese embarrado campo de patatas, diciendo: “A la mierda los Lloyd’s de Londres, voy a jugar de todas formas”. Los títulos que ganó el Nápoles con Maradona fueron la revancha del sur sobre el norte, porque demostraban que no siempre ganaba quien tenía más dinero, sino quien peleaba más.

Maradona se convirtió en la compensación por todo lo que nunca tuvo el Nápoles. Con él había alguien que mantenía una promesa de felicidad que todos habían traicionado. Diego estaba allí, nunca traicionaba: nunca se cambia de camiseta, y sobre todo nunca vistió la de la Juventus. Después del primer título de liga con el Nápoles podría haber ido a cualquier parte, Berlusconi le había ofrecido el doble de lo que ganaba con los napolitanos, pero Diego se quedó. Y los napolitanos le estaban muy agradecidos. En el Mundial de 1990 en Italia, la selección italiana llegó a semifinales contra la Argentina de Maradona, que ese mismo año había ganado el segundo título de liga con el Nápoles. Un destino terrible quiso que el partido se disputara precisamente en el estadio de San Paolo. Yo tenía casi 11 años y esa noche estaba ahí con mi padre. Cuando en el minuto 18 Schillaci marca el 1-0, el estadio se alegra. Pero sientes que algo anda mal en las gradas… En el minuto 68, Caniggia empata para Argentina, y los aficionados no napolitanos, no autóctonos, empiezan a culpar a Maradona. Y allí sucedió algo que nunca había sucedido hasta entonces y probablemente nunca volverá a suceder en la historia del fútbol: la grada no podía permitir que se ofendiera a Maradona, de modo que las banderitas italianas dejaron de ondear, la afición napolitana se alineó contra su selección de fútbol. Empezamos a gritar: “¡Diego! ¡Diego!”. Por otra parte, estábamos acostumbrados a hacerlo.

En ese momento es Maradona quien representaba a la afición de San Paolo, más que una selección nacional de jugadores de otras ciudades de Italia, de Roma, Milán, Turín. Se animaba a Maradona, se defendía a Maradona porque en ese momento Maradona era nuestra tierra. No tenía que ver con los límites geográficos, la camiseta, o el idioma: lo que importaba era que te identificabas con el hombre que te había hecho disfrutar, que te había hecho ganar y que también lo había hecho con corrección. Maradona experimentó la soledad de los seres humanos con talento.

Nadie habría resistido esa presión. Las solicitudes de dinero, amistad, recomendaciones… Un niño nacido en una favela argentina con pocas herramientas culturales solo podía ser aplastado. La prensa amarilla buscaba cualquier información sobre él, asediaba su casa, su vida privada… La Camorra comprendió sus debilidades, le proporcionaba la coca, las prostitutas y lo extorsionaba. Fue imperdonable que Maradona accediera a frecuentar a los jefes de la Camorra y traficantes, pero también era un hombre solo, solo con ese talento que siempre lo salvó y siempre hizo que se reconciliara con su gente, la gente que siempre reconoció que nunca había puesto su talento al servicio de algo. Siempre odió el poder, desde Blatter hasta Matarrese. Siempre luchó contra los políticos del fútbol. Quería que el fútbol siguiera siendo fútbol, quería habilidad, capacidad para ganar. Y no porque fuera una persona justa, sino porque quería que solo contara el balón. Y su pueblo se lo agradeció. Lealtad en el juego, en el placer.

Todo lo que está fuera del campo lo podías conseguir gracias a la intermediación, con concesiones, pero no en el campo. En el campo no servían las reglas de fuera, en otro sitio necesitabas ayuda, pero en el campo no, en el campo lo podías conseguir con tus propias fuerzas. Esta ha sido la magia de Maradona: dejar que todos soñaran y que pensaran que los sueños se pueden cumplir. Cuando animabas, te sentías inmortal. Y ahora que él ha muerto, todos nos hemos vuelto mortales. Maradona solo podía ser grande en Nápoles, no a pesar de Nápoles, sino precisamente en Nápoles, y precisamente porque tenía ese espíritu de redención y entusiasmo, de melodrama, que permitía reconocerlo como hijo de esa tierra. Maradona fue el sueño que disipaba todo el peso que veía en mi padre, en mi abuelo Stefano, en mis tíos; todo su esfuerzo, toda su dedicación, las dificultades se desvanecían al ver jugar a este hombre. Y jugar siempre con un aire rebelde.

Su fascinación por los dictadores marxistas también formaba parte de su delirio rebelde. De alguna manera, Maradona quería que no ganara la negociación del deporte, sino el deporte en sí, no la estrategia del deporte, sino la habilidad, la capacidad. Quería que el fútbol siguiera siendo fútbol. Maradona, como todos, quería ganar y sentirse bien, pero en la vida tuvo que sufrir una cantidad infinita de injusticias por no querer participar en la estrategia comercial, en la astucia de un deporte determinado por acuerdos. Y no porque fuera un hombre justo, sino porque quería jugar al fútbol, quería que solo contara el balón. Maradona estaba con el balón.

¿Y cómo podré explicar a los que no son de Nápoles qué fue Maradona? No puedo explicarlo. Esta vez nos guardamos este dolor tan grande para nosotros y solo para nosotros… Porque solo nosotros lo hemos tenido tan cerca, tan único, tan herido, tan bravucón, tan loco, tan capaz de interpretar la alegría de muchos y de hacerlo en un juego, en un juego sencillo que todos pueden entender y todos pueden jugar. Un balón en el centro del campo, dos porterías, inteligencia, talento, lealtad, habilidad. Fuera del campo se puede obtener todo gracias a la mediación, a las concesiones, pero en el campo, no. En el campo no sirven las reglas de fuera, en otros lugares necesitas ayuda, pero en el campo no, en el campo puedes lograrlo solo con tus fuerzas. Podías lograrlo. Esta ha sido la magia de Maradona: dejar que todos soñaran y que pensaran que los sueños se pueden cumplir. Que realmente se podía ser un dios, porque cuando lo mirabas, cuando animabas, hacía que te sintieras inmortal. Y ahora que ha muerto nos damos cuenta de que Dios, de que Diego era mortal. Nos damos cuenta de que somos mortales. Con su muerte, todos nos hemos vuelto mortales. Adiós Diego Te debo los momentos felices de mi infancia.

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