Expediente

De ferias, cifras y editoriales

POR JOSÉ MARÍA ESPINASA / La Jornada Semanal

08/11/2020

Cuando escribo esta nota se está inaugurando la Feria del Libro del Zócalo, de forma virtual, y hace apenas unos días se anunció que la de Guadalajara también lo sería de ese modo. Así lo fueron la infantil, la de editoriales independientes, la de Antropología y varias de las de provincia. Fue –es, está siendo– un gran esfuerzo de organizadores y editores por mantener viva la industria, golpeada de manera muy fuerte por la crisis económica y la pandemia. Según algunos comentarios, el esfuerzo ha sido mayor que lo conseguido, pero se trata de una apuesta para el futuro, para que este pueda seguir como posibilidad real. Por un lado, el magro resultado muestra que el libro en papel sigue siendo el factor clave, el soporte privilegiado para la lectura; por otro, hay que tener en cuenta la enorme vitalidad que hay y la diversidad de propuestas.

Por ejemplo, la que propone la editorial El Salario del Miedo, animada por Juan Manuel Servín. Si usted no conoce el número 1 de Gonzo, Periodismo Policíaco Retro (hasta ahora creo que el único que ha salido de lo que parecía una revista o una serie) corra a conseguirlo: es muy bueno. Su editor es uno de los narradores y cronistas más interesantes en la actualidad y su gusto, retro y contracultural –es casi imposible que lo contracultural no sea hoy retro– es una muestra de esa vitalidad. Decir de nuevo que la crónica es un género literario extraordinario no es inútil, y menos cuando se trata de un tipo de crónica deliberadamente contestaria y marginal, incluso en su propuesta de diseño gráfico, manifiesta desde el mismo título de la editorial. Y en medio de la pandemia sigue arriesgándose a publicar, pues acaba de aparecer un volumen que reúne los trabajos del Quinto Gran Premio Nacional de Periodismo. Con la notable crónica ganadora de una de las mejores practicantes del género (lo digo sin empacho, una de las mejores en lengua española); Magali Tercero, “Tiembla sobre el asfalto” abre, e incluye además nueve trabajos más que no tienen desperdicio.

Ocuparse de la propuesta estética y editorial de El Salario del Miedo llevaría más espacio del que aquí dispongo, pero vale la pena señalar que, junto a otros sellos con los cuales tiene una cierta afinidad, como Moho, Los bastardos de la uva o Nitropress, son una buena señal de la diversidad y vitalidad que entre los pequeños editores sigue habiendo. Lo que en cambio quiero señalar es que en las ferias del libro también se ve la diferencia. La del Zócalo tiene una condición distinta de casi todas las otras, por lo menos las grandes: está a ras de tierra, presume más sus visitantes que sus cifras de venta, no cobra entrada y es mucho más plural y dispuesta a las nuevas propuestas. Por eso, y es una pura intuición, me parece que el formato virtual la perjudica menos. Eso no quiere decir que, como ocurre con los conciertos y los museos, con los teatros y el cine, cuando la emergencia sanitaria se haya dejado atrás se vuelva a recuperar su sentido presencial. Si bien el mundo virtual ha sido un instrumento de sobrevivencia en tiempos de pandemia no debe volverse, o al menos todavía no, normalidad, pues lo que se pierde en una transición acelerada es mucho.

La fiebre de comunicación virtual provocada por la pandemia ha mostrado el temple del medio cultural. Abundan los portales, blogs, revistas o páginas personales. Ya antes de la crisis había un buen número –recuerdo, como buenos ejemplos, los poemas que envía Felipe Garrido “un poema al día, para que quienes puedan se lo pongan encima y lo atesoren en la memoria” o la página personal de Fernando Fernández, “Oralapluma”. Desde Tijuana el poeta Eduardo Hurtado ha compartido una selección personal de textos de diferentes autores, mostrando –además– una notable capacidad de lectura en voz alta. Mencionar todas las que hay (que conozco) sería un poco absurdo, y supongo que las que no conozco son infinitas. Vale la pena, sin embargo, meditar sobre el asunto.

A través de ellas se divulga esa intensa actividad que muchas editoriales siguen teniendo sin importar la pandemia y la crisis, y con la clara intención de proteger la bibliodiversidad. Como he dicho en otras ocasiones, hay que apostar por un protagonismo del lector y que busque esos libros de los que se entera que aparecieron por la red. En ese camino se inscribió la campaña de ERA/Almadía/Sexto Piso con el eslogan de “somos dependientes del lector”. Sin duda: es para ellos, los lectores, que el más independiente de los editores trabaja.

Cuando se conozcan los datos de este período de ferias virtuales habrá que hacer un análisis frío y a la vez imaginativo y proponer un futuro para el libro. No es simple nostalgia el pensar que la librería debe seguir siendo un punto privilegiado, ojalá la experiencia sirva para que ellas, en especial las cadenas, se plateen otra política –hay algunas buenas señales– y que surjan más librerías independientes. Mientras tanto las pequeñas editoriales, como El Salario del Miedo, que dio origen a esta nota, siguen siendo un ejemplo de lo que hay qué hacer. Seguiremos con el tema.

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