Caso cerrado

Colombia

POR MARTIN AMIS / Traducción de Laura Emilia Pacheco / Confabulario

1. Orificio de salida

Una bala perdida estuvo a punto de matar al pequeño Kevin: entró por la nuca y salió por la frente. Eso fue hace un año, cuando él tenía cuatro. El incidente ocurrió a unos cuantos metros de donde ahora estábamos sentados, frente a un cuarto que parecía un garage sin coche, con piso de cemento húmedo y una serie —casi un patrón— de instalaciones de luz chamuscadas a lo largo de los muros y el techo.

La abuela de Kevin tiene un modesto negocio de ropa usada; había un alambre con algunos ganchos y una bolsa de plástico llena de alpargatas y chanclas de hule. El perro de la familia —pequeño, desgastado, viejo—, no dejaba de ladrarnos, aún después de transcurrida media hora, e incluso mientras se rascaba la oreja con la pata trasera.

Kevin jugaba en la calle cuando un coche pasó a toda velocidad (nunca me quedó claro cuál era el objetivo de los muchachos que iban a bordo, si es que en realidad trataban darle en el blanco a algo). En el hospital a la madre de Kevin —ella tiene veinte años de edad—, se le notificó que al pequeño le quedaban cinco minutos de vida. Lo operaron y, después de cinco días en coma, de un lapso en el que no pronunció una sola palabra ni sonrió, de que estuvo en una silla de ruedas y —desde luego— en terapia de rehabilitación, parece que Kevin logró reemerger como un niñito seguro de sí mismo y hasta a la moda.

Kevin se retrajo durante meses; respondía a otros niños apenas con indiferencia y era totalmente ajeno a los adultos. Cada vez que dividía sus soldaditos de juguete en buenos y malos, invariablemente ganaban los malos.

Lo que le pasó a Kevin fue un accidente: un accidente en una ciudad muy propensa a los accidentes. A otro niño de diez años que se llama Bryan le será más difícil tener el consuelo (de hecho inexistente) de “cerrar” su experiencia. Su mejor amigo le disparó por la espalda.

¿Cuál fue el agravio que cometió? No es que Bryan haya amenazado con llevarse su balón de futbol a casa: sólo dijo que ya no quería jugar. Ahora Bryan tiene el andar de un paralítico (un salto lento que va de arriba a abajo) y un rostro despojado de toda simetría. También parece que estuviera ciego (aunque no lo está), porque su mirada está vacía.

Por otro lado, Kevin amablemente accedió a separarse el cabello y a levantarse el fleco, como su abuela le pidió que lo hiciera, para mostrarme el orificio de entrada y el orificio de salida de la bala.

Las cicatrices se parecen a las que dejan las vacunas. Cuando salimos, el perro nos lanza un gruñido elocuente como diciendo: por fin me libré de esta basura. Al parecer el perro ha hecho suyos el temor y la desconfianza que deberían pertenecerle a Kevin.

En el frente de la casa que estaba al otro lado de la acera, un hombre totalmente adulto (estadísticamente, una rareza en este vecindario) cerraba su casa para pasar la noche. Nos miró con franca hostilidad y no dejó de acomodarse el contenido de los shorts rojos que llevaba puestos.

Algunos residentes tratan de disfrazarlo con rejas y barrotes fantasiosos, pero casi todas las casas de Cali están completamente enrejadas. El hombre de enfrente procedió a encerrarse en su penitenciaría individual. En El Distrito, los muchachos pasan la noche sumidos en un frenesí y el día durmiendo (en sus ataúdes y en sus criptas), y al amanecer todos se convierten en vampiros.

Siempre teníamos que salir de donde estuviéramos a eso de las cinco de la tarde pero, un momento, todavía quedaba tiempo para visitar a Ana Milena. Hace algunos años su hermana había quedado paralizada después de que un vecino le disparó en el cuello. Murió en 1997 de depresión y de auto inanición. Siete años después, Ana rompió con su novio. Él la atacó a plena luz del día en la parada del autobús: la apuñaló en el vientre, el cuello y —dos veces— en la cabeza. La hija de ambos (que entonces tenía tres años) presenció todo y escondió su rostro. Hasta el día de hoy sostiene que a su madre la atropelló un auto.

Pacha es el argot para un arma fabricada en casa. Pacha se le llama también a la mamila de un bebé. La violencia empieza intempestivamente y no se disipa jamás. Las cicatrices que tiene Kevin no lo desfiguraron. Tiene la cicatriz del sitio donde entró y donde salió la bala. Sin duda, la suya es la historia más esperanzadora de las que escuché en Cali. En general, sospecho que —emocional y psicológicamente— puede haber cicatrices de entrada pero no de salida.

2. La Esperanza

Ocupando aproximadamente una cuarta parte de la tercera ciudad de Colombia, Agua Blanca está compuesta de unos 130 barrios. Cada uno tiene dos o tres pandillas y, en teoría, todas están en guerra entre sí. ¿Por qué pelean? No por drogas (el éxtasis y la mariguana son populares, pero el tráfico de cocaína es una actividad de élite).

Pelean por un terruño (una esquina, un callejón); pelean por cualquier cosa relacionada con la falta de respeto (lo que podría llamarse asesinatos impulsivos); y pelean por la pelea anterior (en este lugar la venganza opera como una cadena de cartas seriadas). Sin embargo, aquí como en todas partes, el combustible que anima a los asesinos es la increíble abundancia de armamento. Un arma fabricada en casa cuesta alrededor de 40 dólares, y una granada de mano apenas un poco más de 12 (una granada de mano es lo que se necesita si, por ejemplo, uno llega a una fiesta sin ser invitado y no lo dejan entrar). “Las armas no matan a las personas. Las personas matan a las personas”, afirmó Ronald Reagan. Uno podría llevar este enunciado un poco más lejos y decir que las personas tampoco matan a las personas. Las balas matan a las personas. En Cali cada una cuesta alrededor de un dólar y se las venden a los niños una por una, como si fueran cigarros.

Tres muchachas adolescentes, representantes del barrio El Barandal, nos aconsejaron no entrar. Sin embargo, unos cientos de metros calle abajo, en La Esperanza, nos dieron una bienvenida casual. Pregunté que cuál era la diferencia. Nuestro chofer respondió que El Barandal era aún más pobre y más sucio y —esto es fundamental— más atestado. Había más humillación, más ira, más armas. Sara, la más amable de todos los habitantes de La Esperanza, lo enfatizó de otra manera: “Somos todos negros y somos buena gente”. Y buena gente tendrían que ser. Cada uno de los países de América Latina tiene un nombre para designar a sitios como éste. En Bogotá se les llama tugurios, pero la versión chilena es la que mejor describe a La Esperanza: callampa (que significa hongo).

Agua Blanca suena a un río de aguas veloces o, incluso, a unos rápidos. Las ciénegas en donde emergieron estos barrios en los años ochenta ahora están blanquecinas por su propia putrefacción. La zanja interminable no tiene la profundidad suficiente para que queden sumergidas las cubetas y las llantas que perturban su manto cáustico.

Sin embargo, los airones todavía consideran que vale la pena nadar ahí y picotean el agua; cuando abren las alas uno espera que salgan volando con zancos a medio corroer.

Quienes viven aquí son campesinos desplazados, sobre todo de la costa del Pacífico. Cali tiene unos 70 mil desplazados. Algunos se ven expulsados de sus tierras por esa irresistible fuerza moderna: la urbanización. Otros huyen de lo que podría considerarse los estertores de una guerra civil que se inició en 1948. Pero aquí están, sin dinero y sin trabajo. Colombia no ofrece ni ayuda médica gratuita ni educación gratuita a sus ciudadanos; y la primera explicación que viene a la mente es el gigantesco gravámen que existe en América Latina. El cobro de impuestos, que necesariamente se aplica a los ricos, no se hace cumplir. Para citar al ex presidente Lleras Camargo, son muchos los motivos extraños por los que los latinoamericanos van a prisión, pero en todo el continente no hay uno solo que haya pisado la cárcel por evasión de impuestos.

De las cuatro casas que visité en La Esperanza, sin duda la de Sara era —contra toda intuición— la peor. El primer paso te conduce a una matriz de tejas rotas con la punta hacia arriba, colocada sobre el piso desnudo; es evidente que se trata de una obra aún sin terminar, pero por ahora parece una trampa explosiva. Luego hay un área común y un dormitorio de catres amontonados. Después, por fin, mirando hacia el agua, una cocina-baño con gran cantidad de plomería expuesta (muy ingeniosa), un comal, un altero de composta en el rincón y un refrigerador que prácticamente sirve de adorno, con cuatro huevos en la puerta abierta. Una negra descomunal, ya desnuda hasta la cintura, pasa junto a nosotros y desaparece en una covacha de madera. Se escucha un chorro de agua y su voz que rompe a cantar. Afuera, las mujeres ríen y juegan a que se pelean por ver quién tiene la casa más bonita. En la única tienda de La Esperanza hay un letrero escrito a mano que dice no fío en la puerta. Aunque ahí sólo se vende tabaco y almidón, los residentes la llaman supermercado. En cuanto al agua putrefacta en la que el barrio parece estar a punto de hundirse, Sara afirma que uno se convence a sí mismo de que se trata de una bonita vista marina.

Colombia tiene un pie en dos de los grandes océanos. También toca el ecuador. Si el cielo está despejado, al medio día tu sombra serpentea alrededor de tus pies como un gato. Nosotros llegamos de visita en una de las mañanas más frescas (las nubes eran del mismo color que el agua). Resultaba oneroso imaginar al barrio bajo ese sol que inundaba el cielo. Apenas calle arriba, a la entrada de Agua Blanca, el olor del canal infecto, con sus bancos de basura sólida, te agarra por las amígdalas. Ese es el olor del futuro de La Esperanza.

3. Noche estrellada

Para una pandilla de Cali la venganza típica no consiste en dispararte a la cabeza sino a la médula espinal. Es algo que tienen muy estudiado. “Un mes después del ataque”, dice Roger Micolta, el joven terapeuta de Médicos Sin Fronteras, “las víctimas me preguntan: ‘¿Volveré a caminar?’ Dos meses después, me preguntan: ‘¿Volveré a coger?’ Invariablemente, la respuesta a ambas preguntas es no. De modo que las víctimas no sólo tienen que vivir con la herida; también tienen que llevarla puesta y arrastrarla sobre ruedas para que todo el mundo sepa que han perdido lo que los hacía hombres.

En el hospital municipal de Agua Blanca, a media tarde —hora de la terap—, los inocentes que están lisiados, como Bryan —renquea—, se ven ampliamente sobrepasados por los asesinos que están lisiados: por los lisiados que —en su época— lisiaron a muchos. Se someten a interminables repeticiones de ejercicios: estiramientos, giros laterales. Las novias y las hermanas les peinan las piernas con un cepillo para estimular la sensación. Un joven avanza centímetro a centímetro por las barras paralelas; se detiene una vez más y cierra los ojos con un dolor impotente. Otro tiene una pesa atada al tobillo: lo observa su madre, quien de manera refleja mece su propia pierna al mismo tiempo que él.

En el cuarto de atrás hay una pizarra que se usa en la sesión de terapia psicosexual. “Lo más frustrante: estar impotente. No poder sentir, que nadie te comprenda, no tener ganas.” Los carteles educativos de Médicos Sin Fronteras también se abocan —de manera certera y agresiva— a la cuestión de la testosterona. Un cartel típico muestra una pistola con la cacha que se va enrollando hasta colgar: “Portar un arma no te hace hombre”. Otro cartel muestra una serie de cintos con la pistola detrás de la hebilla, apuntando directamente hacia adentro y abajo. En Cali, todo lo que hemos escuchado o leído acerca de inseguridad masculina, símbolos fálicos y todo lo relacionado con eso se ratifica, casi de manera tediosa, adonde quiera que uno voltee.

Cerca, en las calles del mercado, las tiendas ofrecen una variedad desconcertante de productos básicos y superfluos: cámaras baratas, equipo para hacer ejercicio, organizadores para la regadera (un producto del que hay gran necesidad en La Esperanza). Los maniquíes sin brazos ni cabeza se mantienen fieles a la fisionomía autóctona femenina: grandes y prominentes nalgas, senos enormes con pezones del tamaño de aldabas. En la panadería un elaborado pastel representa a una muchacha en tanga. Otro, un pene. Los testículos están hirsutos con garigoles de chocolate; el yelmo que tiene un matiz a manjar blanco tiene una delgada capa de crema, donde reconocidamente se indica una hendidura. Podría suponerse que se trata de un producto para despedidas de soltero. La inscripción dice “Chúpame, cariño”, con una caligrafía muy garigoleada. Chúpame, cariño. En español no existe el femenino para cariño. Pero uno duda. Quizás en Cali este pastel sea sólo para solteros.

Esa noche asistimos a una comida al aire libre, en la azotea de un edificio, en el centro. Los invitados eran profesionistas, académicos. Hubo música y algo de baile: muy casto, técnico. Pero incluso aquí puede abrirse una trampa sexual bajo tus pies. En un momento dado una joven inició una conversación inocente con un invitado bastante apuesto. Después de algunas bromas en voz baja los hombres le entregaron sonrientes una servilleta de papel a la muchacha. Las ugerencia era que la usara para limpiarse la baba.

Todos los muros de alrededor estaban coronados con pedazos de vidrio de una forma y un grosor que variaba de manera dramática. Esos muros coronados de vidrio son, en sí mismos, toda una arquitectura , y aquí teníamos la fase gótica. En Inglaterra esa forma de prevenir la delincuencia fue muy común (y muy estimulante) cuando yo era niño, pero no ya en mi juventud. Una y otra vez, no podía dejar de pensar: dos o tres generaciones, 40 o 50 años; así de atrasados están. En este momento Colombia parece estar a punto de virar en la dirección correcta. Si es que existe un tema recurrente en la evolución de América del Sur éste parece serlo: los intereses creados (incluyendo los de Estados Unidos) están tolerando una mejoría en el calibre de los líderes políticos, con Kirchner en Argentina, Lula en Brasil y ahora, quizás, Uribe en Colombia.

Más allá de las paredes tachonadas de plata podía verse toda una cordillera de luces. Esta era la callampa de Siloe que, según me dicen, es dos veces más violenta que Agua Blanca.

4. El camellón

Estábamos en un camellón a unos metros de uno de los barrios más contundentemente prohibidos. Se acercaron tres muchachos. Cuando les ofrecí Marlboros, sólo dos aceptaron: fumaban con la cabeza inclinada, avergonzados de no inhalar. El tercer muchacho declinó el ofrecimiento. No dijo “No fumo”, sino “No puedo fumar” (por más que le habría gustado hacerlo).

Entonces se alzó la camiseta y nos mostró el motivo. Su hombro, el pecho y la axila derechos —donde acababan de balearlo—, formaban una cama destendida de vendajes con una cinta café pegajosa. También acababan de apuñalarlo, y con saña. La herida —que todavía no era cicatriz— rosada y gorda, como una lombriz de tierra, corría desde el esternón hasta el ombligo. Resultó ser uno de los pacientes (uno de los menos tratables) de Roger Micolta. Se llamaba John Anderson. Ésta distaba mucho de ser la primera vez que lo baleaban. Tampoco era la primera vez que lo apuñalaban. Tenía 16 años. Como todos los demás, estaba ansioso de que lo fotografiaran, pero primero quería ir por su arma. Después de hurgar en un tiradero de basura que estaba al otro lado de la calle, los muchachos volvieron con un arma serruchada. John posó con su pedreñal, su herida de cuchillo (que parecía un intento de seppuku vertical), su peinado muy extravagante, su mirada que denotaba la felicidad que le produce tirar del gatillo. De manera abrupta, me percaté de la fragilidad y vacuidad de todo: de una existencia tan cercana a la no existencia. Fue clarísimo que John Anderson no podría sobrevivir más que algunas semanas. Decir algo así de los seres humanos equivale a decir lo mejor y lo peor. Podemos acostumbrarnos a cualquier cosa.

5. El asesino menos lisiado

Y yo también me acostumbré. Me sorprendí pensando: si tuviera que vivir en El Distrito no me quedaría en casa de Kevin sino en la de Ana Milena, donde hay televisión de cable y esa bonita compuerta para servir que va de la cocina a la sala. Y si tuviera que vivir en La Esperanza, rehusaría suave, pero firmemente, el ofrecimiento de Sara y trataría de comprar mi estadía en el lugar que está cuatro casas más abajo, donde vive el tipo que tiene refrigerador y ventilador (y diez personas a su cargo). También me encontré a mí mismo pensando: ¿sabes?, este asesino lisiado no es tan interesante como el asesino lisiado al que entrevisté anteayer. Y así parecía. Comparado con Mario, Raúl Alexander era poca cosa.

Cuando llegamos, Raúl estaba acostado en cama viendo Los Simpson. En casa de Kevin, en casa de Ana, en casa de Sara, nunca había muchachos. Cuando hay un joven en casa es porque no puede salir de ahí corriendo. Con certeza, si hay un joven ahí es porque está lisiado y, casi sin lugar a dudas, porque es un asesino lisiado.

Con su cabello cortado a cepillo y su carita ingenua, Raúl parecía el tipo de mesero al que uno llega a apreciar en el hotel de un sitio turístico. Suena falto de tacto, pero la verdad es que nos estábamos conformando con Raúl. Habíamos querido a Alejandro: el asesino lisiado que no podía dormir si ese día no había matado a alguien. Pero ya nos había fallado la cita con Alejandro más de una vez, y cuando si se concretó, su madre nos dijo que había llevado al perro al veterinario.

¿Se trataba de un anatema latinoamericano particularmente salvaje o sólo de una débil excusa? Me vino a la mente el verbo groseriar (no respetar) que usan las pandillas. Y, a fin de cuentas, resultó un alivio conformarnos con Raúl.

Cuando le preguntamos sobre su infancia, la describió como normal, y así parecía, a no ser por el padre que permaneció in situ durante casi toda su adolescencia. Raúl empezó a robar autopartes, luego coches, luego coches con gente adentro. “Uno los lunes, uno los jueves.” Luego entró en competencia con un amigo: ahora habría seis asaltos armados a automovilistas al día. Empezó a robar el dinero que entraba o salía de las tiendas, fábricas, bancos. Estuvo nueve meses preso y emergió, predeciblemente, fortificado. Para ahora las entregas del banco estaban muy peleadas y las calles estaban llenas de maleantes; de modo que Raúl empezó a arriesgarse desde adentro. Estas cabriolas semanales no duraron. Estuvo preso 30 meses, salió tres días, y volvió a la cárcel tres años más. Durante su última estadía ahí, Raúl asesinó a un hombre y, por primera vez, declaró que era el cobro por un apuñalamiento.

Ensangrentado, con los huesos recompuestos, Raúl tomó un trabajo de oficina. Esta última oración puede sonar extraña para alguien que no sea caleño, pero cuando alguien por aquí dice que ha trabajado en una oficina o que hizo “trabajo de oficina”, uno sabe exactamente a qué se refiere: se sentó junto al teléfono, con una iguala de 500 dólares al mes, y organizó asesinatos por pedido, a través de un agente, por otros 200 dólares adicionales por golpe. A propósito, hasta donde sé, a los muchachos que trabajan en las oficinas no se les llama office boys, pero se les valora mucho porque cobran poco, no le temen a nada, y no se les puede encarcelar sino hasta que cumplen 18 años. Para entonces Raúl tenía alrededor de veinte. Aunque, por ejemplo, John Anderson bien puede haber trabajado en una oficina.

En Cali el día más popular para cometer esos asesinatos de oficina es el domingo, cuando es más factible que la gente esté en su casa. ¿La perdición de Raúl? A estas alturas mi fe —nunca muy alta— en su veracidad, o en su autoconciencia, empezó a menguar. ¿Cómo lo contó?: tuvo un problema con un tipo que baleó a su primo, asesinato que un amigo de Raúl vengó impulsivamente. También hubo un decomiso de mariguana. Raúl dio vueltas y caminó sin rumbo. Todo pareció reducirse a un problema, a un juego de póker, a derramar una bebida: una venganza impulsiva.

Despiadadamente temprano nos despedimos de Raúl Alexander (una persona

de nuestro grupo tenía que llegar al aeropuerto), y salimos en fila por un rincón soleado donde estaban su silla de ruedas y su andadera. Cuando, unos minutos antes, le pedí que me dijera a cuánta gente había matado, hizo un gesto con la boca, se encogió de hombros y respondió: “¿Ocho?”. Pensé: sí, claro. Pero aunque Raúl dividiera esa cifra por dos, o por diez, era poco comparado con Mario.

6. Mario

También él estaba acostado en su cama, desnudo, a no ser por una toalla azul pálido que tenía echada sobre la cintura. Las reproducciones que colgaban de la pared en la sala adjunta —una cabaña de madera a orillas de una cascada, un bosque donde un corcel blanco estaba iluminado por los rayos opalinos del sol—, me impulsan, al describir a Mario, a buscar un marco heroico. Uno piensa en Satanás caído, abalanzado sobre las almenas de cristal. Alguna vez Mario fue muy radiante y dinámico; pero ha recorrido el trayecto de tener poder a no tener ninguno, y ahora está acostado todo el día con su controlador y su Cartoon Network.

Aunque sus piernas largas están ahusadas y atrofiadas, el torso de Mario conserva su fortaleza. Las axilas, en particular, son extraordinariamente agradables; parecen rasuradas o depiladas, pero al ver a uno de sus parientes que está semidesnudo en la cocina, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, confirmo que la abreviación es natural. El problema de Mario, su dificultad, comienza con su rostro; con sus ojos muy juntos, divididos por un puente poco profundo, su quijada poderosísima llena de avidez y de apetito). La de Mario es la cara de un mandril. Si hubieras visto a Raúl Alexander acercarse para matarte, en la calle, en un bar, o a la entrada de una casa, habrías intentado resistirte, o razonar con él, o reembolsarlo.

Si hubieras visto a Mario venir a matarte —cuando él estaba en plenitud—, no habrías hecho absolutamente nada. A los siete años Mario se ocultó bajo el mantel de una mesa y escuchó a nueve campesinos, dos de ellos mujeres, asesinar a su padre. Ahora Mario tiene alrededor de 30 años. Eso ocurrió durante un periodo que se conoce como “La Violencia” (aunque difícilmente hay una época de la historia colombiana que pueda llamarse de otro modo). A los 12 años, inició sus venganzas, matando al primero de los nueve campesinos con un cuchillo. Luego siguió con los ocho restantes. Después gravitó hacia Cali. Eso son las gentes de Agua Blanca, de Siloe: campesinos, y ahora, hijos de campesinos, drásticamente aciudadanizados.

Después de un periodo de secuestrar coches y, luego, de secuestrar personas (un campo muy vasto), Mario tuvo que hacer su servicio militar. Cuando lo dieron de alta se fue con la habilidad que le dio el entrenamiento. Se marchó “al monte”, supervisando la producción y transferencia de talco (cocaína) en la parte rural de Colombia y Ecuador. Esto era en sí una especie de expedición militar; el adversario era el ejército, no la policía.

Mario habla de esa época con cariño y asombro. “La cocaína llegaba en bloques, cada una cortada a molde, muy bonita: cómo brilla”, dice Mario. “Una vez vi todo un cuarto lleno de dinero.” Volvió a Cali, equipado con disciplina, ingenio y (suponemos) una tonelada de pesos, y comenzó a “disfrutar la vida”. No es difícil imaginar a Mario disfrutando la vida: en una ciudad llena de hombres aterradores, él debió ser universalmente temido. Tomó un trabajo de oficina, y en su mejor momento, asesinó a unas 150 personas en seis años. Pero eso equivale a muchas venganzas acumuladas y, en diciembre de 2003, llegaron por él. Estaba en un semáforo cuando cuatro hombres a bordo de dos motocicletas se detuvieron a ambos lados del coche.

En ese momento la hermana de Mario nos sirvió café —una notable mejoría, comparada con los refrescos Tizer y Dandelion & Burdock que por lo general te ofrecen en Colombia. (Parece muy típico de Agua Blanca el que jamás haya café; uno va de un sitio a otro en busca de una taza.) Hora de irnos. Le dije a Mario que me describiera la diferencia entre la primera vez que mató y la última vez que lo hizo: “¿La primera vez, con el cuchillo? Tuve pesadillas. Lloré el día entero. Estaba paranoico. ¿Pero la última? Nada. Sólo pensé: ‘Ya me van a pagar'”.

Mario pidió sus sombríos trofeos, y casi se quedó inmerso en ellos: su arma (pesadísima: debe haber tenido la divina gravedad del oro para quien la empuñó), sus radiografías (la segunda bala brillante en el tórax arqueado), y un expediente de antecedentes criminales inmaculado (le costó 1,500 dólares). También tenía su controlador, su reloj y, desde luego, su bolsita transparente para la orina, a un costado de la cama.

Todavía andan tras él, de modo que salir de ahí fue una doble liberación. Sin embargo, después, cuando reflexioné sobre el asunto, me pareció que Mario tenía derecho a su odio; y que el monstruoso Raúl, con su esbelta constitución y su sonrisa de botones de hotel, era la figura más representativa: una hoja al viento en un grupo de camaradas.

El machismo, en su mutación latinoamericana, tiene un énfasis adicional, el de la indiferencia: una indiferencia inasible. Esa indiferencia podía sentirse muy fuertemente en John Anderson.

Cualquier tipo de empatía no sólo es debilitante: es afeminada. Uno no siente empatía ni siquiera por uno mismo. De modo que parece que los habitantes de Agua Blanca juegan un juego de niños: provocando, arriesgando, asumiendo una postura, en el que todos se sienten inmortales. Sólo que en vez de palitos y piedras usan cuchillos y armas y granadas de mano. Conforme uno adentra en el corazón de la ciudad, ve niños que hacen malabarismos frente a un público, cautivo en sus automóviles. No sólo hacen malabares con garrotes y naranjas, sino con machetes y tizones.

7. El regreso de la muerte

En mi último día fui a ver la exposición de fotografías y de expedientes que organizó Médicos Sin Fronteras. Vi nombres y rostros familiares: Ana Milena, el pequeño Kevin. La noche de la inauguración asistieron todas las víctimas que aparecían en las fotos, excepto Edward Ignacio. Mientras todavía estaba convaleciente de sus múltiples heridas, a Edward lo acribillaron esa misma mañana.

De ahí nos dirigimos al cementerio que está en el centro de la ciudad: un predio pequeño y atiborrado, entre una cancha de futbol y la atareada estación de Texaco. La entrada quedaba prácticamente oculta entre las obras de repavimentación: una apisonadora de vapor, una mezcladora de cemento, alteros de chapopote humeante. Los empleados se habían congregado a tomar refrescos y helados. Se avecinaba una tormenta y podía olerse la humedad en el polvo.

El cementerio parecía más una morgue que un panteón. Los muertos estaban apilados en una serie de bloques gruesos, cada uno del tamaño de una lápida. Cada panel tenía algo —por lo menos el nombre y el año del enterramiento—, escrito con plumón indeleble; otros, más elaboradas, tenían fotografías enmarcadas, poemas, declaraciones (“te quiero”), estatuillas, cruces, corazones, ángeles. Habíamos llegado con una mujer llamada Marleny López. Su marido era uno de los pocos que estaban sepultados en la tierra. La lápida decía su nombre y su fecha de nacimiento y muerte. Edilson Mora, 1965-1992. Éste era un error del grabador. Edilson tenía 37 años cuando murió, hace dos. Jugaba dominó con un policía y ganó la partida. Esto quizá era sobrevivible, pero no que el perdedor tuviera que pagar las cervezas.

Casi todas las demás fechas eran más breves que la de Edilson: 1983-2001; 1991-2003. En general, se volvían más extensas entre más atrás en el tiempo se adentraba uno. Allá, en el pasado, los nombres dejaban de ser anglófilos. Y así aparecieron Diesolin, Arcelio, Hortensia, Bartolomé, Nieves, Santiago, Yolima, Abelardo, Luz, Paz…

Volví de uno de los pasillos posteriores del cementerio y me hallé en medio de un servicio funerario. Había un ataúd, cuatro cargadores, y más de cien personas que habían venido al sepelio. No se trataba de un asesinato entre pandilleros, una muerte violenta o una bala perdida. Una mujer había fallecido a causa de un ataque cardiaco a los 28 años: 1976-2004. Lo que ocurrió después ocurrió de súbito. Durante los últimos días había intentado convencerme a mí mismo de que la muerte no tenía importancia. Ahora me llegaba la factura. Ver el llanto amargo del marido, el llanto amargo de la madre, fue un castigo. Ver a la muerte asumir su justo lugar de nuevo fue un castigo largamente retrasado.

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