Expediente

Clasemedieros y riquillos, absténganse

POR ROBERTO PLIEGO / NEXOS / 01 10 2010

¿Qué podemos esperar de D.F. confidencial, un libro que, en palabras del mismo J.M. Servín, es fruto del vagabundeo, “casi siempre en solitario, sin más presiones que mis propias inquietudes”?

Podemos esperar un apunte sobre las relaciones entre literatura y periodismo, unos cuantos ensayos, una docena de crónicas, una entrevista, una galería de retratos urbanos, un apunte autobiográfico. Debemos suponer que nada importa esa acumulación de géneros dispares porque todas las piezas han sido unidas por un —en apariencia sólido— hilo conductor: la ciudad de México, no la ciudad como ombligo del mundo sino la que el mismo Servín padece, y “cuyas vastas dimensiones están fracturadas por la desmemoria y la desilusión”. Absténganse quienes aspiren a encontrar los reductos de la clase media con poder de compra o los paraísos blindados de las castas altamente privilegiadas. Aquí se trata de la mendicidad, de la crudeza, de la violencia, del agandalle, del odio al que el éxito o la tranquilidad ajenos sirven de combustible.

Servín es un agudo y habitual observador de los bajos fondos y también un narrador que se proclama cercano a la literatura realista y al Nuevo Periodismo estadunidense, el de Gay Talese y Tom Wolfe. Asegura, por ejemplo, que la distinción entre crónica y reportaje le tiene sin cuidado. Y asegura de igual modo que el periodismo canónico es el peor enemigo de la eficacia narrativa porque inhibe la subjetividad de la experiencia personal. Estamos obligados a declarar que Servín es consecuente con su postura, sobre todo después de leer algunas crónicas estupendas que aparecen en D.F. confidencial: “Mejor llámale al FBI” —unas horas en la vida de un funcionario de gobierno y vendedor de chácharas, víctima de un asalto en el Centro Histórico—, “Noches de Boogie: el cine Savoy” —la prosapia del ligue en una función porno—, “Retablo de un barrio chinero” —La Merced y sus tiendas estrafalarias, sus cantinas hediondas, sus bandas de rateros expertos en aplicar llaves chinas—, “La hermandad del rebote” —un paseo por los templos paganos que convocan a los jugadores de frontón a mano limpia—, “Los herederos del Diablo” —un descenso a los infiernos de las apuestas clandestinas a nombre de pit bulls histéricos—. Servín se mueve como pez en el agua entre esos ambientes y personajes, aduciendo una escritura que por momentos se vuelve aforística. Sabe condensar la realidad en una frase tan compacta como una nuez.

A pesar de la intensidad que despliegan las crónicas, D.F. confidencial es un libro malogrado. Y lo es porque J.M. Servín renunció a entregarnos únicamente eso: doce-trece crónicas que habrían bastado para ofrecernos algunos momentos extraordinarios de “la ciudad que padezco”. En vez de ello, decidió incluir casi una decena de textos —repartidos a ambos extremos, con las crónicas ocupando el centro— a los que tan sólo hermana el capricho editorial de sumar a costa de la unidad. ¿No resultaba obvio que en vez de uno tenía dos o libro y medio entre manos? ¿Por qué no reservó la entrevista al fotógrafo de horrores necrofílicos Enrique Metinides, autor gráfico de las más escalofriantes portadas del diario La Prensa, o su recorrido por las páginas “sociales del infierno” que conforman la nota roja, para una mejor ocasión? ¿Por qué apresurarse a quemar esos cartuchos? A Servín le sobró ambición y le faltó un editor.

No obstante, no hay duda de que D.F. confidencial posee un tono. Es un tono amargo, a veces cargado de ira, otras incluso de rencor social. Ya se trate de unas líneas sobre el humor negro y la capacidad de los chilangos para creer que la ruina o el bienestar dependen de la fortuna, o ya se trate de celebrar al periodismo policíaco y de analizar el impacto de El padrino en la idiosincrasia mexicana, no faltan motivos de enojo. Servín no exalta pero sí valora como instrumentos de análisis —o marcas distintivas— la ineptitud, la barbarie, la criminalidad, el resentimiento, la falta de expectativas, la vagancia, el cinismo frente a —digamos— la democracia, el progreso material o la inserción en una economía global. O como anuncia en las últimas líneas: “Si el deseo de destruirnos los unos a los otros puede más que cualquier intento de convivencia, habría que dejarse llevar por la pasión, la locura y el desenfreno”. Tal tono parece contener la sugerencia —con ribetes a la Raskolnikov— de que la auténtica literatura sólo puede emerger de nosotros mismos siempre y cuando habitemos un departamento de interés social del Infonavit.

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