Expediente

Ciclonautas, biciletras y otros roles

La Quintaesencia de Sandro Cohen*

POR ROGELIO GARZA

Pocos poetas como Sandro Cohen para conjugar las letras y las bicicletas. En uno de sus prodigiosos desayunos, luego de pedalear una vuelta a la Ciudad de México, el creador de Redacción sin dolor y el Zen del ciclista urbano habla sobre su vida binacional, su obra, y la antología de poesía y ensayo Quintaesencia (UNAM, 2016).

-Una vida entre dos culturas, dos lenguas y dos ruedas

La bicicleta es una máquina del tiempo que conecta la infancia y adolescencia de Sandro Cohen Horowitz en Estados Unidos (Newark, Nueva Jersey, 1953) con su vida actual en México. Autor, editor, traductor, profesor y ciclista, el segundo de tres hermanos aprendió a pedalear a los cinco años: “Tuve dos bicis en la infancia. La primera tenía tres velocidades. Mi hermano me enseñó a andar, pero un día me pidió la bici y se la robaron. Después me regalaron una Schwinn de una velocidad, me movía a todas partes en ella. En la preparatoria tuve una bici de diez velocidades y desde entonces me gustaba irme por la carretera a lugares que conocía, como la casa de verano de un amigo en el lago. Eran unos 20 kilómetros de subida en la montaña, fuimos varias veces sin prevenir. Eso de andar con cámara de refacción es muy sofisticado. Lo aprendí en México. Uno de mis lugares favoritos era un museo, estaba dentro de un parque, una reserva natural a unos 15 kilómetros de mi casa. En 1971 entré a la Universidad de Rutgers a estudiar Letras Hispánicas y dejé de usar la bici, vivía en el campus y era tan pequeño que no la necesitaba porque todo estaba a la mano”.

¿Cuándo llegaste y qué fue lo que te trajo a México?

“En agosto de 1973, a los 19 años, llegué a la Ciudad de México con un grupo de alumnos para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Yo quería estudiar la lengua y la literatura en español. Ya me habían aceptado en Madrid, en la Universidad Complutense, y estaba a punto de irme cuando descubrí que también podía estudiar acá. Al principio pensé que no me quedaría mucho. Estudié literatura con Carlos Illescas, la novela de la violencia. Y tenía un seminario de traducción con Raúl Ortiz y Ortiz (fallecido en enero de 2016), el traductor de Bajo el volcán, de Malcolm Lowry. Ya leía español, pero no lo hablaba. Quería aprender a hablar y escribir. Y en México los maestros me caían del cielo: Luis Mario Schneider, un gran personaje que me presentó con Alí Chumacero, Salvador Elizondo y Felipe Garrido. Luego conocí a Tomás Mojarro. Todos muy dispuestos a ayudar, tenía que aprovecharlos y escribir en español. Era un despropósito, pero era lo que yo quería hacer”.

“Fue un choque cultural muy fuerte; no me hallaba en México. La ciudad ya era grande, pero no lo cosmopolita que es ahora. Fue muy difícil porque no tenía vistas conocidas. Percibía una pátina de similitud a lo que conocía, pero detrás de eso era otra cultura. Y la cultura mexicana es anímicamente diferente de la de habla inglesa. Creo que los idiomas determinan mucho cómo es la gente, cómo piensa y cómo siente. Y yo sentía que no conocía al mexicano; es muy platicador, buena gente y amigo en la superficie, pero detrás de eso no sabes. Y luego, cuando rompes esa barrera y conoces a alguien, casi siempre durante una borrachera, se agrieta esa superficie y uno ve atrás a la otra persona. “Por fin te conocí”, piensa uno. Pero la otra persona se siente vulnerada y se cierra. Ahora lo entiendo y ya no me preocupa. El norteamericano, en cambio, parece hostil, pero es muy fácil de conocer. El mexicano es muy defensivo, por razones evidentes, y el norteamericano es más confiado, te invita a su casa. Aquí pueden pasar años y la gente puede morir sin que uno haya conocido su casa por ese hermetismo. Terminó 1974, me quedé en casa de Luis Mario Schneider y luego regresamos manejando a Nueva Jersey. Yo iba a titularme”.

-¿Entonces, qué fue lo que te hizo regresar a México y quedarte?

Después de titularme en 1975, mientras estudiaba la maestría, vi una circular universitaria que solicitaba maestros de español para extranjeros en Cuernavaca, y me interesó. Era en el Centro de Artes y Lenguas (CALE), donde conocí a mi primera esposa, Claudia Acevedo, la mamá de mi hija Yliana. Me enamoré de la maestra y nos casamos en Cuernavaca. Al terminar mi contrato nos fuimos a Estados Unidos, terminé la maestría y la tesis sobre La percepción de la historia en Borges. Luego volvimos a México, y en enero del 78 empecé a trabajar en el Colegio de México, en el departamento de Publicaciones con Alberto Dallal”.

Amar, correr y escribir

-¿En México usabas la bicicleta o practicabas algún deporte?

“Nada. A los 34 años llegué a pesar casi 98 kilos. Así que primero intenté el béisbol en una liga llanera y después empecé a caminar. Mi mamá hacía un régimen de caminata y una vez vino a México de visita. Ella, de 64 años, tenía mejor condición física que yo. Así empecé a caminar. Luego a trotar. Luego a correr. Tardé un mes en correr un kilómetro sin parar. Luego fueron cinco kilómetros. Luego corrí cuatro maratones completos, incluyendo un maratón rover a campo traviesa hasta Cuernavaca. Ya era otro. Desde entonces correr se convirtió en rutina diaria”.

-Me recuerdas a Tim Krabbé, el ajedrecista, ciclista profesional y escritor. ¿Tuvo algo que ver el deporte con tu escritura?

Correr tuvo mucho que ver con la idea de Redacción sin dolor. Surgió en la tercera sección de Chapultepec, en una cuesta tremenda, a principios de 1994. Iba corriendo con un ex alumno, Mario Nava, y yo me quejaba de los libros de redacción porque me parecían pésimos. Sólo te daban listas de qué debías y no debías hacer, jamás explicaban por qué. Entonces Mario me preguntó “¿y por qué no haces tu libro?”. Poco después estalló una huelga en la UAM que duró seis semanas. Y aproveché ese tiempo para hacerlo. Muy pocos libros se metían a la mecánica del idioma. Si quería ayudar a las personas a escribir, tenía que hablar de las tuercas y los tornillos. Me interesaba enseñar a manejar el idioma porque el idioma maneja a la gente. Manejamos estructuras prefabricadas para platicar, y así escribimos, con las mismas fórmulas. Trataba de darle a la gente los elementos para manejar la redacción como quisiera y necesitara. La UAM iba a publicar 500 ejemplares”.

-¿500? El libro tiene una decena de ediciones y más de 40 reimpresiones, ¿por qué se publicó en Planeta, por la huelga en la UAM?

No. Cuando corregía el borrador me invitaron a ser director editorial de Planeta. Me entrevistó Jaime Aljure, el brazo derecho de Homero Gayoso, director general de Planeta Mexicana. Me preguntó qué traía en la mano. Le dije que un libro de redacción para la UAM. Lo empezó a hojear y me dijo: ‘Esto es para Planeta’”.

Deporte, transporte y poesía

¿Y cómo sucedió tu reencuentro con la bicicleta?

“Fue en 1984. Volví a usar la bicicleta como entrenamiento alterno. Era una Benotto de diez velocidades. Íbamos a Tecamachalco, a la 3ª Sección de Chapultepec, por eso no me disgusta la escalada. Ese año me casé por segunda vez, con la escritora y periodista Josefina Estrada, y a mis tres hijos les compré bicicletas. Todos andábamos en bici los domingos. En México nunca había usado la bici como medio de transporte, hasta que me mudé a la colonia Cuauhtémoc. Apenas había iniciado Ecobici. Yo vivía en la calle Regina y tenía que irme al nuevo departamento a supervisar la obra de renovación. Todas las mañanas llegaba en Ecobici y regresaba en la tarde-noche. Y me di cuenta de que era mucho más rápido que ir en coche. Para esto no lo necesitaba. Entonces decidí comprar una bici. Fui a la calle de San Pablo y escogí una bicicleta de montaña Benotto Rush, pero pesaba más de 20 kilos y era de gama baja, a cada rato se descomponía. Un sábado la llevé al taller y el mecánico, Rodrigo –conocido en el medio ciclista como el Costumbre–, me dijo que me comprara una bici de gama media o alta para no tener tantos problemas. Entonces llegué a People for Bikes, donde adquirí una Specialized TriCross”.

¿Y qué uso le dabas, era tu medio de transporte o era un deporte?

“Sí, los dos. Fui a Querétaro, a Morelos, a Guerrero. Hacíamos Gran Fondo (más de 100 km). Le metí unos 13 mil kilómetros a esa bici. Rodaba con el equipo de PFB, pero no podía mantener la velocidad del grupo, en parte por el tipo de bici, y en parte porque era un viejito decrépito de 61 años. Ahora tengo 62. Ahorré para una bici de ruta, la Specialized Roubaix. Y es un bólido. Con esa sí aguantaba 35 kilómetros por hora con el pelotón. Me enamoré de la Niña Roubaix y es la que sigo usando. Uso otra Specialized para hacer rodillo en mi departamento, una Allez. La TriCross es para ir a trabajar, a la Universidad, a los cursos. Es muy buena para andar en las calles, en los barrios”.

Si existiera una relación entre escribir y pedalear, lo que une a la literatura con el ciclismo, al escritor con el ciclista, ¿sería un cuento, una novela, un poema?

“Lo he reflexionado muchas veces. Creo que la carrera a pie se presta mucho más a la abstracción literaria que la bicicleta. Si uno va corriendo en una calle a las cinco de la mañana, pues uno puede darse el lujo de abstraerse y pensar en argumentos, en verso, en estructuras literarias. Si uno va en bicicleta por la calle, tiene que estar muy atento a todo lo que sucede a su alrededor. Sólo si vas en la carretera o en una pista como el Autódromo, ahí te puedes dar el lujo de pensar, imaginar, soñar, escribir en voz baja. En bicicleta he tenido ideas, se me ocurren cosas y con la práctica se me ocurren cada vez más. Ahora todo el mundo me conoce como ciclista, pero pocos se acuerdan de mi época de corredor. Y eso que tengo un libro de poemas que se titula Corredor nocturno”.

 “Hay varios puntos en contacto entre el ciclismo y la escritura. Se puede decir que son oficios que pueden convertirse en arte. Hay un arte de andar en bicicleta y un arte de la escritura. También hay un ciclismo y una escritura artesanales, y un ciclismo y una escritura artísticas. La diferencia es que el ciclismo siempre será efímero. Porque uno siente el arte, pero se lo lleva el viento. Al terminar de andar, se guarda la bicicleta y se acaba el arte. A menos que alguien te grabe. En cambio, la literatura escrita permanece. Hay escritura utilitaria, que sirve para comunicar ciertas ideas y no pretende ir más allá. Luego están los géneros artísticos. ¿Cuándo se pasa de ser un ciclista artesanal a ser uno artístico? No lo sé. A veces vas pedaleando y estás en vena, como cuando se escribe, cuando todo lo que haces sale perfecto. Hoy nos tocó en el Eje 3 Sur”.

-Sí, qué buen rol. Vas a correr y regresas con Redacción sin dolor. Sales a pedalear y regresas con el Zen del ciclista urbano (Planeta,2014)…

“Ese libro se me ocurrió en la bici. Soy maestro, si aprendo algo, me dan ganas de pasarle esa información a otros. Es mi personalidad. Si hago algo, me aviento a fondo. En la vida puedo tener reacciones muy viscerales. Usando la bici como transporte diario descubrí que no hay nada peor que enojarse, no hay nada más inútil que regañar a los automovilistas o querer darles clase. No sirve de nada insultarlos, decirles groserías o hacer gestos obscenos. Es necesario asumir una actitud zen, ver a los demás como colegas, sonreír, no ser contrincante. Creo que se gana algo para el ciclismo. Saludar y sonreír hacen la diferencia. Eso es el Zen del ciclista, cómo ayudar a que las cosas fluyan mejor”.

¿Has escrito narrativa y poesía inspirada en el deporte?

 “Lo he pensado. He pensado a qué hora se me va a ocurrir. El Zen… surgió por mi obsesión de maestro, pero la poesía no funciona así. Soy poeta, pero me encanta narrar. Hay momentos para escribir poesía y momentos para narrar historias. Tengo dos novelas, Lejos del paraíso y Los Hermanos Pastor en la Corte de Moctezuma, y un libro de cuentos eróticos, Por la carne también. También tuve la Editorial Colibrí, del 98 hasta el 2008.

Acaba de aparecer Quintaesencia, una antología publicada por la UNAM, ¿qué encontrará el lector en sus páginas?

Es una antología de mi trabajo ensayístico y poético. El primer poemario es de 1979 y se llama De noble origen desdichado. El segundo salió en el 80, A pesar del Imperio, en los Cuadernos de Poesía de Huberto Bátiz de la UNAM. Publiqué una plaquet titulada Autobiografía del infiel. El tercero es Los cuerpos de la Furia. Después, en el 89, salieron Línea de fuego en el Caballo Verde de la Poesía, en coedición con el INBA. En seguida aparecieron los poemarios Corredor nocturno, un libro muy autobiográfico, y Tan fácil de amar. Los siete libros de poesía, salvo este último, se publicaron en Desde el principio. Quintaesencia es una antología personal de esos poemas y ensayos que no habían sido publicados en un libro, con prólogo de Guillermo Vega Zaragoza y epílogo de Vicente Quirarte”.

-El tiempo, la distancia y la velocidad son relativos. Y tú eres muy minucioso para medir todo eso en bicicleta, ¿cuántos kilómetros has pedaleado?

“Más de cien mil kilómetros. El equivalente a dos vueltas y media a la Tierra”.

*Sandro Cohen, in memoriam

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